"Hace 50 años existía la posibilidad de la utopía, de cambiar el curso de la historia. Eso desapareció. Creo que el mayor desafío que tenemos hoy es poder ser éticos aun sin demasiadas esperanzas. Sin la esperanza en la otra vida, en el paraíso que nos va a recibir si somos buenos, ni en el mundo nuevo que va a nacer de una revolución. Muchos nos hemos quedado sin Dios y sin mundo nuevo. ¿Qué es lo único que nos queda? Esa especie de conciencia ética que dice: “No, esto es malo”."
Luis Tedesco
http://www.clarin.com/opinion/mayor-desafio-eticos-demasiadas-esperanzas_0_BJz8myMjx.html
¿Acaso ese no ha sido siempre el camino de todos, en cualquier época? ¿Quien podría afirmar que las utopías legendarias agitadas hace 50 años eran proezas realizables que fueron, así y nada más, asesinadas por un tiempo de frenesí y desconcentración?
Mirando atrás, todas las utopías del ayer son estas mismas que se ven tan pálidas, por que se han vuelto legendarias. Las leyendas matan la realidad, la vuelven de piedra o de ceniza. Cubren los intentos con aforismos y desesperación, ultiman la bondad con gestos de pereza. Por eso estos analistas del ayer y del hoy nos confundimos y murmuramos sobre la extinción de la utopía, de la revolución y de la conquista.
Los romanos de la República tardía escribieron contra la amoralidad y el estancamiento que amenazaba la gloria en la Ciudad Eterna, Trento se erigió como un baluarte de las buenas costumbres y el orden en este profano mundo, los franceses de hace 250 años escribieron sobre como matar el rey y el dios para salvar el espíritu del pueblo, Luis XVIII y Carlos X de Francia se lamentaron de como se habían olvidado las virtudes de los Estados, y desde Martí hasta Raúl Castro la voz atronadora de la Revolución se ha levantado sobre las desgracias de este presente enfermo. Buda ha caminado el venerable silencio de los convencidos. Por que el presente siempre ha parecido enfermo a quien solo mira en una dirección. Luis XVIII vivió su vejez reinante atrapado en la vanagloria del pasado, y de Raúl Castro es fácil capturar la sensación de que vive atrapado en la alegría de un futuro remoto.
Quizá tengan razón, y el avance sea solo tecnológico. Solo nos adentramos en los mundos difusos de las redes virtuales o en el eterno sueño de conquistar la Luna. Porque de lo demás nunca hemos salido: todavía se lanzan al mercado cada verano un nuevo kamasutra ilustrado y dos best seller sobre como hallar el verdadero amor y el sentido de la vida; como si nunca hubiésemos salido de la palma de la mano de Buda.
Quizá tengan razón los cínicos que glosan la eternamente postergada muerte de la civilización humana. (Y hablo solo de este Occidente europeo que me ha tocado en suerte.) (¿Pero acaso no existe en China una Antigüedad, un Imperio, una Revolución eterna?) Quizá tengan razón los que afirmamos que nunca hemos estado ni bien ni mal ni apenas, si no que sucedemos en la ceguera de no poder mirar atrás por culpa de la lluvia.
Y si ahora morimos o vivimos, no es de ninguna forma pecado original de nuestros días.
Cuidaos de la belleza del desencanto, y cuidaos de la maravilla de la promesa. Eso decimos.