martes, 17 de noviembre de 2020

Jornadas

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En el país de los pálidos, que adoran a una diosa sin cabellos y con piernas cubiertas de llagas porque afirman que la belleza es pasajera y mortal, pero la divinidad atemorizante. En el país de los de ojos oscuros como el vidrio de los volcanes, que habitan edificios levantados con cenizas y leños petrificados y que los heredan durante generaciones incontables. En el país de los que tienen seis dedos, que construyen estatuas de si mismos pero añadiendo más dedos a cada mano para señalar los números de virtudes alcanzadas por los representados, que casi invariablemente son ellos mismos. Y en el país de los que tienen la piel negra y los cabellos blancos, que se pintan las rodillas simulando rostros grotescos y cazan con lanzas de metal ennegrecido. 
En la costa del mar más allá de las tormentas he visitado un templo milenario habitado por el cuerpo momificado del primer sacerdote, que llevaba el nombre del dios y que hoy veneran como al dios que decía venir a revelar. Y entre las colinas de las extensiones agrestes hallé un pueblo de tres hombres y cinco mujeres que afirmaban ser la nación más poderosa del mundo, pero jamás habían atravesado los límites estrechos de su país, y estos rodean un círculo de tres mil pasos desde el centro hasta la frontera. 
Y he visto el país de las cavernas, donde un pueblo extinto cientos de años atrás excavó en la roca pasadizos incontables y sinuosos hasta la locura, donde pocos se aventuran porque el viento atraviesa los recodos de la piedra volviéndose susurros y es como miles de voces de seres invisibles que emergen de entre los rincones polvorientos llamándose entre las cuevas. Y donde queda solo una extensión gris de restos triturados por los años los susurros reinventan las voces en un día de mercado, y los visitantes creen oír fantasmas y huyen repitiendo que es una tierra envenenada y agonizante de terror. 
Visité también el país de los sabios, donde cada uno es tan sabio como el más sabio de los sabios de mi tierra, y me llevaron ante sus líderes para interrogarme, y ante cada respuesta mía se sacudían las cabezas y retorciéndose las orejas murmuraban asombrados "¡Cuanta simpleza!". Y que no me permitieron partir antes de asegurarles que no revelaría al resto del mundo los caminos secretísimos que conducen hasta las puertas de sus ciudades, construidas cada una a semejanza de poliedros y son bellísimas porque la mitad permanece enterrada bajo la tierra hasta profundidades incalculables y la mitad restante sobresale como una cúpula refulgente de día y como un glaciar brillante de noche. 
Desde allí viajé visitando los pueblos de los pescadores de los mares angostos, que habitan entre las marismas y que no conocen más que sus redes y sus anzuelos, y adoran a un pez que nunca pueden pescar, por lo que creen en su divinidad; y yo creo que esto debe tener algo de verdadero, porque llevan quinientas generaciones persiguiéndolo sin cesar. Pero ellos me llevaron en sus botes, de muelle en muelle y me indicaron caminos seguros a salvo de los salteadores que en esas regiones abundan como los mosquitos; pero que por su misma abundancia son tan pobres como el más pobre de los mendigos porque los viajeros evitan sus tierras y eso los ha sumido en la más espantosa miseria. 
Y pude finalmente alcanzar el punto más austral de mi viaje, cuando el invierno tocaba a su fin en el extremo sur, justo a tiempo para cumplir seis años de iniciadas estas jornadas que relato. Allí se extienden las tierras de los hombres que no tienen dedos ni en sus manos ni en sus pies, y que por ello nadan por los ríos ligeros y ágiles como sardinas, y es una maravilla ver a sus niños nadar en grupos como los delfines de alta mar, saltando sobre el agua de sus anchos ríos alegremente. 
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Existe una tierra donde no crece ningún árbol, donde las piedras se resquebrajan de calor durante el día y crujen de frío durante la noche. Un pueblo de mujeres y hombres con la piel curtida y áspera habita en cavernas y a la sombra de arbustos espinosos. Y solo aman a sus camellos, a los que cuidan como si fuesen hijos inocentes, y a sus propios hijos abandonan en los campos de dunas cuando cargarlos se les hace demasiado pesado. Comen animalejos y serpientes de arena de ojos pálidos, y se tatúan los brazos con el veneno de sus colmillos. Adoran al silencio, a las montañas de arena, y al viento. Y a los camellos, aunque una vez al año bajo la luna llena matan a los animales más viejos y se comen su carne cruda y se beben la sangre aún caliente. Eligen sus jefes entre los más viejos o entre los más fuertes, pero cuentan que el mejor jefe son la mujer y el hombre que no suda y que no jadea nunca.
Llegué agotado ante este pueblo, luego de vagar por semanas en la arena, y al principio me ignoraron durante un día entero mientras intentaba refugiarme bajo la sombra miserable de un espino. Las mujeres se sientan bajo sus piedras y hablan con gruñidos, y se reían señalándome mientras trazaban lineas en el suelo arenoso. Una de ellas se descubrió la mano y con el dedo indice empujó una piedrecita sobre la arena. El rastro resultante era una estela borrosa del largo de su brazo. Después supe que apostaban cuanto duraría mi resistencia bajo el espino, y ella había apostado que moriría justo en el crepúsculo. Ignoro que pudo haber ganado, o si las demás consideraron luego que había perdido, ya que sobreviví.
Al anochecer un par de sombras me arrastraron al interior de una cueva y me dejaron sobre una piel grasienta. Sentía dolores intermitentes y agudos en todos los puntos del cuerpo. Concentrarme en uno de ellos era una agonía exasperante y me dormí jadeando el aire helado de la noche.
Sobreviví, y el restregar de la arena en la piel me cubrió las mejillas y las manos con una piel áspera y oscura. Envuelto en una larga tela oscura era igual a cualquier otro camellero. Durante meses vagamos a lo largo de las rutas del desierto, y las mujeres dejaron de apostar por mi muerte para ignorar mi vida. Me encontraba perdido, sin saber como salir del desierto y sin poder entender el lenguaje de las tribus. Era un prisionero de mi ignorancia, y mis compañeros de prisión no intentaban enseñarme nada más ni convertirse definitivamente en mis captores.
Aprendí a cuidar de los camellos, a sacudirles arena de los cascos y a encontrar arbustos de hojas minúsculas para alimentarme y alimentarlos a ellos por igual. Vi los caminos de arena y maté serpientes con un palo espinoso. Una noche maté dos serpientes junto a una fogata y los niños me festejaron gritando y saltando mientras los adultos miraban y aplaudían. Una tarde vi los muros derruidos de una ciudad que el desierto había devorado. Las paredes tenían agujeros redondos, como grandes calaveras aplastadas por un pie inmisericorde.
Los camelleros no habitan en ciudades, no construyen y no cultivan casi ningún arte. Solo saben cuidar los camellos, sobrevivir con hojas húmedas, y buscar sombra al amanecer. Se tatúan los brazos con el veneno que toman de las serpientes que matan y cada uno lleva sus cicatrices oscuras que la ponzoña les deja en la piel. Si algo ambicionan, no lo he descubierto. Amé a ese pueblo abandonado y rudo, pero los dejé en cuanto aprendí lo suficiente para alcanzar los límites del desierto.
Una noche que vagabundeamos por una planicie pedregosa reconocí los restos de una calzada de piedra medio tapada por las arenas. Mi grupo se negó a seguirlas mas allá de las dunas y me dejaron ir solo. Cuando volví la vista reconocí algunas formas en la penumbra. No me miraban. Me volví varias veces, pero ninguno me llamó. Seguí mi nuevo camino y no he vuelto a verlos.
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He visitado el país de las gentes que levantan estatuas a sus mayores criminales, como no sucede en ningún otro rincón del mundo. Grandes estatuas pueblan la región, levantadas en metal y en piedra tallada, o con enormes huesos de animales exóticos, sus ojos labrados en maderas de colores y sus ropas hechas con palma entretejida. Allí cada asesino mayúsculo, cada torturador inefable, cada ladrón legendario tiene su estatua, una gran estatua maciza con sus rasgos tallados. Dicen que de esta forma nadie olvida, y que todos los jóvenes aprenden a temer el pasado mirando las moles erigidas junto a los caminos y frente a los pueblos. En verdad he visto algunos de estos monumentos derrumbados por el paso de los siglos, desgastados y carcomidos por la hiedra y la lluvia. Los pájaros anidan entre los dedos y en la cuenca de los ojos inmóviles. Algunas estatuas, irreconocibles por el desgaste de los siglos yacen abandonadas y el viento las cubre lentamente con arena y hierbas. 
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Ocho ciudades vi, todas erigidas de piedra blanca, todas con calles vacías y con ventanas cerradas. ocho ciudades y ni un solo árbol, ni un solo pájaro. Bajo la arena las serpientes silbaban abatidas por el sol interminable. Una mujer con los labios teñidos de verde me ofreció agua y un higo bajo un portal, a la manera de su pueblo. Dejó el jarro y la fruta sobre la arena y se deslizó dentro de su celda mientras el viento nos azotaba.
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He vuelto, estoy cansado. He recorrido el mundo durante trece años, y he visto toda clase de cosas que nadie me creerá. Traje piedras y plumas azules de una isla que ya no existe.