Fue durante la guerra civil cuando los muyahidines tomaron Kabul y se comieron los conejos. Dicen que mataron a un elefante a tiros. Se sabe que el león Marjan mató a un guerrillero que entró a su jaula a molestar a las leonas, y al día siguiente sobrevivió a una granada que le arrojó a la cara el hermano del necio anterior. Quedó ciego y desdentado, como todo el Afganistán.
Las guerras son una cosa larga y destructiva. El Zoo de Kabul es el más triste de los zoos del mundo. Dicen que cuando lo inauguraron había más de 500 animales, y que venían afganos desde todos los puntos del país para espiar entre las rejas. Los chinos mandaron animales, los ingleses regalaron los leones. Los leopardos estaban casi extintos y los encerraron en el zoo para conservarlos.
Después vino la guerra y fue ocupando jaulas. Cada año crecía un poco y ocupaba otra jaula más.
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En el 2002 murió Marjan. No tenía dientes, no tenía ojos, no tenía melena. Había sobrevivido a todos, y eso lo mató. Sobrevivir es igual que todos los dolores, solo que mata más lentamente.
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Un río de niños se desgranó tropezando calle abajo, y las mujeres giraban sobre sus pasos riendo detrás de la tela espesa que la luz arrojaba sobre las calles de Kabul.
"!Ahí está el animal!", "!es enorme!", "!y no tiene casi nada de pelo porque Alá se lo quitó!". El animal crecía a cada comentario.
Primero tuvo patas hendidas y el hedor de su hocico se extendió por la calle. Luego engordó hasta que se desplomó agobiado por su propio peso, mientras los hombres murmuraban asombrados y las mujeres se apartaban escandalizadas. Y después eructó un vaho caliente y húmedo. El animal crecía y se completaba. Se armó de colores y de cerdas, conquistó cada pliegue de la imaginación.
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En el fondo de un cubil desordenado, rascando débilmente las pajas con la pereza de una pata embarrada, un chancho dormía bajo el calor de ese verano interminable.
No había nada más. El monstruo legendario se diluyó en mi sorpresa y asomó una risa tonta. Al lado mío, Ahmed murmuró reverente: "No deberías acercarte. Mi padre dice que nadie debería."
Se frotó las palmas rápidamente, los dedos pequeños contraídos, y empezó a retroceder despacio hacia el camino de retorno.
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La gente iba de a miles al zoológico. Kabul es una ciudad polvorosa y agobiada. Se nota en sus calles lo interminable de un siglo que no se termina todavía. Pero los fines de semana las familias van al zoológico a ver peces y leopardos.
Y algunos, los menos reverentes o los más curiosos, van a ver el cerdo de Kabul. Ahí está el animal prohibido, y no hay dios que pueda exterminar la curiosidad.