Llegué agotado ante este pueblo, luego de vagar por semanas en la arena, y al principio me ignoraron durante un día entero mientras intentaba refugiarme bajo la sombra miserable de un espino. Las mujeres se sientan bajo sus piedras y hablan con gruñidos, y se reían señalándome mientras trazaban lineas en el suelo arenoso. Una de ellas se descubrió la mano y con el dedo indice empujó una piedrecita sobre la arena. El rastro resultante era una estela borrosa del largo de su brazo. Después supe que apostaban cuanto duraría mi resistencia bajo el espino, y ella había apostado que moriría justo en el crepúsculo. Ignoro que pudo haber ganado, o si las demás consideraron luego que había perdido, ya que sobreviví.
Al anochecer un par de sombras me arrastraron al interior de una cueva y me dejaron sobre una piel grasienta. Sentía dolores intermitentes y agudos en todos los puntos del cuerpo. Concentrarme en uno de ellos era una agonía exasperante y me dormí jadeando el aire helado de la noche.
Sobreviví, y el restregar de la arena en la piel me cubrió las mejillas y las manos con una piel áspera y oscura. Envuelto en una larga tela oscura era igual a cualquier otro camellero. Durante meses vagamos a lo largo de las rutas del desierto, y las mujeres dejaron de apostar por mi muerte para ignorar mi vida. Me encontraba perdido, sin saber como salir del desierto y sin poder entender el lenguaje de las tribus. Era un prisionero de mi ignorancia, y mis compañeros de prisión no intentaban enseñarme nada más ni convertirse definitivamente en mis captores.
Aprendí a cuidar de los camellos, a sacudirles arena de los cascos y a encontrar arbustos de hojas minúsculas para alimentarme y alimentarlos a ellos por igual. Vi los caminos de arena y maté serpientes con un palo espinoso. Una noche maté dos serpientes junto a una fogata y los niños me festejaron gritando y saltando mientras los adultos miraban y aplaudían. Una tarde vi los muros derruidos de una ciudad que el desierto había devorado. Las paredes tenían agujeros redondos, como grandes calaveras aplastadas por un pie inmisericorde.
Los camelleros no habitan en ciudades, no construyen y no cultivan casi ningún arte. Solo saben cuidar los camellos, sobrevivir con hojas húmedas, y buscar sombra al amanecer. Se tatúan los brazos con el veneno que toman de las serpientes que matan y cada uno lleva sus cicatrices oscuras que la ponzoña les deja en la piel. Si algo ambicionan, no lo he descubierto. Amé a ese pueblo abandonado y rudo, pero los dejé en cuanto aprendí lo suficiente para alcanzar los límites del desierto.
Una noche que vagabundeamos por una planicie pedregosa reconocí los restos de una calzada de piedra medio tapada por las arenas. Mi grupo se negó a seguirlas mas allá de las dunas y me dejaron ir solo. Cuando volví la vista reconocí algunas formas en la penumbra. No me miraban. Me volví varias veces, pero ninguno me llamó. Seguí mi nuevo camino y no he vuelto a verlos.
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