viernes, 10 de noviembre de 2017

Carta a mí mismo, quizá con 45 años.

   Hoy es un día cualquiera, que probablemente ya apenas recuerdes. Es de madrugada en Resistencia, en noviembre de 2017. En estos días te cuesta mucho vivir de día y dormir de noche, pero siempre estás prometiéndote que la semana que viene vas a arreglar estos horarios y conseguir despertarte a las 8 de la mañana para "aprovechar la mañana", aunque eso no te signifique mucho. Estas muy acostumbrado al silencio dormido de tus vecinos, a la frescura, y al gallo que canta siempre dos horas antes de que salga el sol. Sí, hay una casa en alguna calle cercana que tiene un gallo, y siempre canta a esta hora. Espero que puedas recordarlo, porque es el sonido que te gustaba tanto. Quizá todavía te guste. (Esta carta va a tener muchos quizá incluidos.)
   Decidiste escribirte esto como un experimento, como un escrito de entre todos los que hiciste, como una forma de advertencia, como un recordatorio, como una melancolía cursi, y como una carta de lo que fuiste y ya no podes recuperar más que en trocitos de memoria. Pero esto eras, a veces buenamente, y otras no tanto. Cuando escribiste esto tenías ya las primeras canas, y estabas intentando terminar un profesorado y una licenciatura en Historia. Vivías solo en Resistencia, apenas visitabas a tu madre, todavía no tenías un gato, y siempre estabas buscando una manera de que el aburrimiento sirviese para algo. Y creías que tenías la posibilidad de ser así gran parte de tu vida futura. Vos sabrás cuanto de eso se cumplió. (Siempre quisiste adoptar un gato negro, peludo y gordo para bautizarlo Gaspar, como el Conde-Duque. Buena suerte con eso.)
   Detrás de mí el ventilador blanco que compró Mamá hace años hace un ruido ensordecedor; no creo que él llegue hasta tus días. Pero espero que esta carta sí. Voy a tratar de conservarla de varias maneras, y de hacer copias. Me imagino enterrándola en un cofre sellado y escondido, como Claudio decía que haría con sus memorias después de contar todo. Se me ocurrieron varias maneras: Guardarla en una botella vacía, pero como no tomo más que soda, agua y Terma, (Serrano de ser posible), es difícil. (Y una botella de plástico pierde el tradicional encanto.) También podría publicarla en un blog; y después me olvidaría la dirección, o el blog se cerraría, o alguien comentaría inconsecuencias y ridiculeces. Puedo hacer varias copias y guardarlas entre todos los papeles que ya acumulé para estas fechas. De cualquier forma, espero que una copia te llegue. 
   No puedo imaginarte mucho. Antes vi fotos de nuestro padre, con el que suelo creer que tenemos algún parecido, y era ya un hombre adulto cuando yo nací. Pero no creo que seas parecido a él a esta edad. Con suerte no habrás crecido más que mi estatura, porque ya te sería un problema; aunque con seguridad estarás un poco más ancho. Habrás cambiado, inevitablemente. El cuerpo me cambió a mí en estos pocos años que dejé la adolescencia, y vos ya sos un hombre adulto. Pero el cuerpo no importa tanto. Y si me importa que no te hayas manchado, borrado, desaparecido. Una vez escribí "sé que hay bondad ahí, donde te escondes." Lo escribí para otra persona, pero te lo digo a vos. Hay cosas que no deberías haber cambiado. ¿Te acordas todavía de porque escribías? Es una de esas cosas. 
   ¿Te enamoraste? Seguramente sí. Eras bastante cursi y romanticón; y me estoy riendo mucho sabiendo eso. ¿Te quedaste con alguien? Quizá no, aunque no estoy seguro. Pero no puedo imaginar con quien te quedarías. Y si te quedaste con alguien decile que yo estoy saludándolo desde el pasado donde me quedé. Y que gracias, por aguantarnos. Debe de ser difícil, a veces. Y si te quedaste solo, bueno... Escribile poesías, que la Soledad también quiere caricias. 
   Espero que hayas conseguido esa casa, con un enorme patio para plantar fresnos. Acordate como eran los fresnos jóvenes detrás del portón de entrada de la UNNE, que hoy los vi cuando fui al cajero. Fuimos muy felices en la UNNE, por todo aquello. Vos sabrás que fue de todos los que conocí acá. Y si te peleaste con alguno comportate, porque estos fueron años alegres. 

   Me encantaría que me respondieras, aunque sea totalmente imposible. Pero hay tantas cosas que podría preguntarte. ¿Hice bien? ¿Que hice mal? Y perdoname, pero esto era lo que fuimos. No vale arrepentirse o enojarte. 
   Te sentiste perdido en ocasiones; es bueno que así haya sido. Que siga siendo así. Una vez Mamá te dijo que a veces es bueno quedarse al borde de la masa, y hasta ahora le creías. Si al final fue para bienes o para males ya es tu problema. Me encantaría ayudarte, pero el tiempo, la distancia, y el futuro no me pertenecen ya. Hacé las cosas lo mejor que puedas; es toda la ayuda que consigo ofrecerte. 
   Es una lástima que no se me hubiese ocurrido escribirme cartas algunos años antes, en la adolescencia. Recién fue ayer a la noche, antes de dormir que lo pensé vagamente y después lo olvidé. Y hoy de nuevo, pero esta vez me apuré a sacar un cuaderno. Terminé escribiéndola en las notas de Blogger. Quería dejar algo empezado para no olvidarme después, pero me entusiasmé y ya escribí un par de páginas creo, así que cuando me despierte por la tarde voy a agregarle lo que falte o se me ocurra. Es que está amaneciendo y hace dos horas que te escribo. Es jueves 9 de noviembre del 2017 exactamente, y son las 06:05 de la mañana. Mientras escribía me puse tan ansioso por la lentitud con la que van a pasar los años que nos separan que apenas sabía que decirme. Pero en los próximos días voy a revisar una y otra vez este texto; aunque voy a tratar de no hacerle muchos cambios. Y también es que quiero dejar de añadir cosas en poco tiempo, así esta carta que lees le pertenece solo al José de este momento. 

   Te escribo esta carta con la certeza inicial de que vas a poder leerla, de que vas a estar vivo y medianamente bien. Y con la esperanza de que quizá aún puedas llegar a la vejez. Solías soñar que ibas a vivir 200 años y ser el hombre más viejo de la tierra para así poder ver el futuro después de que todos se hubiesen ido. Seguramente es una fantasía infantil, pero solía entretenerte mucho. Espero que llegues a la vejez, pero eso es un asunto que ya te pertenece por completo a vos. No concibo imaginar a nadie más leyendo esto durante tus años; no entendería un montón de referencias que solo nosotros conocemos. 
   No espero ni te deseo que hayas sido feliz, plenamente feliz. Pareciera casi una condena que quise imponerte, pero acordate que querías ser alguien, algo, una especie de visitante sorprendido y agradable. Un raro tipo de turista. De chiquito eras insoportablemente curioso y preguntón, y de joven amabas Wikipedia. Había en esa urgencia por preguntar tonterías una fascinación por la existencia cotidiana: ¿lograste convertirla en felicidad? Si todavía no entonces apurate, que nos hacemos viejos. 
   Volvé a leer todo lo que escribiste. Acordate de revisar los dos primeros cuadernos, esos de la secundaria. Yo me voy a encargar de conservarlos todo lo que pueda. Pero vos volvé a leerlos, y todo lo que escribiste después. Ahí pusiste cosas que las fotos en Facebook y los certificados oficiales no pueden conservar. Eso eras. Y yo lo sé ahora; no te olvides vos para más adelante.
   No subestimes esta carta. La escribiste para una casualidad, un accidente. Espero que la hayas encontrado sin saber que era, y te sentaste en el suelo para leerla. No llores por nostalgia, ni por rabia. Yo estaría muy feliz de que la leyeras. Quizá no hayas cumplido todo lo que se me ocurrió o pretendiste, pero fui muy feliz en estos días míos. 
   Sos ya un hombre adulto, que no conozco y que me recuerda de a ratos y de a trozos. La intriga por saber cómo sos ahora, después de tantos años, me persigue. Dame buenas respuestas al menos. Acordate que llevo veinte años esperando.

Me quiero, te quiero. (Es gracioso decirlo así.)

José

P.D.: No olvides añadir una segunda carta para cuando seas un viejo inclinado, canoso, gruñón, y malhablado; pero infantil y glotón. Sé que vas a serlo. Ambos queremos creer que hay cosas que no se pueden evitar.

martes, 18 de julio de 2017



(...)

Existen dos fuerzas inconmensurables que abarcan la existencia total. Ambas son en sí mismas inefables y el lenguaje humano solo puede aproximarse a su descripción más fiel mediante un sinnúmero de adjetivos. La primera es el Silencio y la segunda son los Sonidos.

El Silencio no es sino la no existencia, la unicidad de la ausencia total e inabarcable. El silencio es la ausencia de sonidos, y como son las existencias las causantes de sonidos entonces el silencio es la ausencia de existencias. Todo ser que se manifiesta es nombrado, aún aquello que nombramos como la Nada, por lo que hasta la Nada misma es existencia. Pero en el Silencio la ausencia de existencias es total y absoluta. Tal es este vacío que ni siquiera se puede postular que existe el Silencio como entidad totalizadora, puesto que al ser silencio no produce sonidos ni de sí ni por sí mismo, y por tanto no existe. Dentro de él tampoco existen existencias parciales, distinguibles o individuales, puesto que eso significaría la necesidad de sonido y con esto dejaría de formar parte del Silencio para pasar a la segunda fuerza.

La segunda de las fuerzas son los Sonidos. Y al ser todos ellos sonidos individuales es justo referirlos en plural, pero es innegable que aun cuando existen de modo autónomo todos ellos son iguales desde el momento en que son simplemente sonidos. Esto los unifica. Cada ser que existe profiere un sonido particular, un sonido que deviene de sí mismo en tanto existencia, al margen de los sonidos que profiera por sí mismo y a través de las acciones de su cuerpo físico. Ese primer y único sonido individual es el sonido que define su existencia dentro de la segunda fuerza y que lo hace existir aparte de la primera fuerza; esto es, el Silencio. En algunos seres este sonido es evidente y audible de forma clara, (dichoso quien ha podido comprobar el surgimiento de un nuevo sonido y con ello de una nueva existencia), mientras que en otros individuos el sonido es inidentificable y un misterio. Aún así, es erróneo atribuir a ese segundo tipo de sujetos un sonido por sí mismos: la roca no existe porque se la nombra roca, sino por un sonido particular de ella misma que le da identidad y con esto existencia propia. Que no se puede identificar, aislar, percibir claramente ese sonido no niega su existencia, puesto que la roca existe y eso es prueba suficiente. Los Sonidos son únicos en cada uno por sí mismo, y el hecho de que seres aislados se parezcan a otros seres solo se debe a la semejanza de sus sonidos originales.

La existencia viene del sonido. Cuando solo existía la primera fuerza no existía aún una existencia como la que se manifiesta luego, puesto que aún no había sido ese sonido. Solo con el sonido surge la existencia y con ella la segunda fuerza se manifiesta. Aún cuando la primera fuerza fuese total e inabarcable en términos humanos, como en realidad no existe eso no impide que pueda surgir una existencia puesto que de así serlo no surgirá desde el Silencio o en el Silencio. Si no mediara el hecho de que la primera fuerza es la no existencia, incluso de sí misma, se podría considerar que la existencia surge interviniendo en la primera fuerza. Pero como vimos que el Silencio es inexistente en sí mismo por sí mismo, entonces la existencia surge en un espacio donde no hay nada. Esto plantea el problema del surgimiento de la segunda fuerza.

Con la existencia vienen dadas el espacio, la medida, el tiempo, lo cuantificable y lo cualificable. Todo ello aplicable a lo existente y no al Silencio. Con la existencia surge el mundo; y surge a partir del sonido. Puesto que lo contrario al mundo es absolutamente intangible, insensible, inaprehensible; cada existencia en su inicio fue apenas tangible, apenas sensible y apenas aprehensible: todas ellas cualidades de un sonido. Nadie ha podido tocar un sonido, así como nadie le ha encontrado cualidades similares a la materia tangible de forma corpórea. Pero sin embargo el sonido existe, y esto lo distingue de la primera fuerza. Por esto decimos que el sonido fue lo primero de toda existencia.

Si bien el Silencio y los Sonidos son evidentemente opuestos, ambos son colocados aquí como fuerzas de igual grado. Esto es debido a que ambos comparten dos rasgos fundamentales. El primer rasgo es su existencia totalizadora e inabarcable. Ya explicamos como el Silencio no existe en si por sí mismo, pero no podemos negar que existe por causa de la no existencia de la existencia. Como los Sonidos surgen, debe existir una no-existencia anterior a los Sonidos; esto es la primera fuerza: el Silencio. Primera fuerza que vuelve a presentarse cuando los Sonidos se extinguen y dejan de existir, por lo cual se vuelve a la primera fuerza. 

Esto demuestra un segundo aspecto, fundamental para la existencia general de la segunda fuerza: ningún sonido abarca a todos, ni siquiera el primer sonido en caso de haberlo habido. Cada sonido tiene existencia individual y, aunque puedan generar otros sonidos desde sí mismos que pueden cobrar entidad autónoma desde el sonido primo del cual desciende, no por ello pueden abarcarlos en sí mismos a todos aquellos sonidos creados nuevos. Esta imposibilidad se demuestra en que al extinguirse el sonido original sus descendientes no se extinguen sino que pueden perpetuarse por un tiempo propio e individual, tal como su existencia. Por esto es que los Sonidos es una fuerza pluralista, contra el monismo de la primera fuerza.

La primera fuerza es monista, dado que es única e indivisible, y que no existen diferentes tipos de silencios. La segunda fuerza es pluralista, puesto que muchos son los sonidos. Esto se demuestra desde el hecho de que aunque existan muchas existencias, todas ellas y cada una lo hacen de un modo particular y único, con reglas y modos propios. Por esto hablamos del único Silencio y de los muchos Sonidos.

Tanto Silencio como Sonidos son eternos. No existieron independientes ni solitarios ni existirán de cualquiera de estas dos formas en un futuro. Esto no significa que nuestro mundo, tal como lo conocemos es eterno, puesto que como sonido original que es también es finito. Ambas fuerzas coexisten necesariamente y no pueden no coexistir, puesto que Silencio solo es una no-existencia y eso es absurdo, mientras que los Sonidos por sí solos sería imposible si no surgieran contra el vacío que justifica su existencia. Es decir, el sonido necesita del vacío del silencio para identificarse como tal. Si uno de los dos no existiera el otro no existiría y eso es evidentemente un absurdo imposible. Además, los Sonidos, pese a su existencia individualmente finita, como fuerza son infinitos en sentido de duración y de existencia. Su existencia está asegurada por la existencia del Silencio, que necesita del sonido para existir como ausencia, de lo contrario solo existiría la inexistencia y eso es un absurdo.

Cada sonido al surgir es manifestación de la segunda fuerza, es existencia. Toda existencia es material, aun las formas de existencia que más inmateriales se nos presentan. De no ser material, pertenecerían a la primera fuerza y esto es un contrasentido. Aun los sonidos son materiales, puesto que cada uno de ellos afecta de modo inevitable a la materia. Es sabido que los sonidos se propagan en el aire, el agua, a través de los objetos. Por esto es inevitable afirmar que los sonidos son materiales, sensibles, empíricos. 

Cada sonido es inevitable que se produzca. Surgen necesariamente de la segunda fuerza como su manifestación inmediata. Esto se debe a que de no ser así, toda la segunda fuerza sería igual a la primera en el sentido de presentarse como una existencia total, inabarcable y totalizante; pero sin manifestaciones internas distinguibles y aislables como en la realidad sucede. El hecho inevitable y evidente de que exista el mundo es prueba de esto.

El silencio es inevitable que exista como primera fuerza, dado que cada sonido llega a su fin. El fin de cada sonido es individual y aislado, aún cuando puede producirse acompañado en número de la extinción de otros sonidos similares o diferentes. Al ser este fin individual y propio, demuestra la múltiple e infinita división interna de la segunda fuerza. El silencio entonces es donde se disuelve la existencia de cada sonido y donde deja de ser, tanto como existencia como segunda fuerza. Allí donde la segunda fuerza se agota recupera la primera fuerza su imperio. Esto se debe a que si bien cada sonido se corporiza en un objeto material, su esencia misma sigue siendo un sonido que dura en el tiempo hasta agotarse y extinguirse. Cuando esto sucede, la base de la existencia se pierde y el silencio vuelve a imponerse inevitablemente.  Ambas fuerzas deben existir para que esto se produzca.

(...)

miércoles, 5 de julio de 2017

Amarillo es el gato que llora en la penumbra,
que quiebra el aire opaco con el gañido ronco
de su voz desgarrada en un llanto feroz.


Todavía debes acordarte cuando cazábamos langostas en el patio, y vos tenías.. ¿Ocho meses? Y yo tenía.. ¿Trece años? Que primavera magnífica fue aquella, que hasta las langostas lo sabían y vinieron de a miles entre el pasto para comer hojas de rosales y caramelos de agua en el rocío.
Después vino el verano, aletargado y triste, adentro de una bolsa plástica que volaba hacia el norte. Una bolsa pequeña verde agua, como esas bolsas de supermercado cotidianas que vamos y traemos todavía.
Hemos crecido mucho, casi como los árboles. Pero no habías dejado de mirar entre sueños.

Ayer murió Amarillo. Alguna vez pensé que estaba triste, por un secreto oculto. Porque tenía los ojos entrecerrados y perezosos, como quien siempre duerme o se ha cansado de estar despierto. Y también porque podía llorar desconsoladamente, entrecortado de suspiros apagados bajo el labio y una infinita expresión de tristeza amarilla de luz reconcentrada. Dentro de él había luz aprisionada y triste que lloraba buscando los consuelos del mundo.
Algunos gatos no envejecen nunca, como le sucediera. Pasan de la niñez cachorra con el espíritu intacto y se alargan y crecen hasta la madurez. Acaso fue lo que le sucediera, mientras mirábamos hacia otra parte.

Ayer murió Amarillo, en un pueblo del Chaco adentro de la tierra. Hay una casa vieja, un patio inmenso y sucio y al fondo un reducto callado, de estanterías y costumbres. Se ha muerto sin decirnos por qué estaba tan triste y que había buscado incesante desde los primeros pasos. Se ha muerto y la lluvia no se atrevió a llovernos.
Vamos muriéndonos, es evidente. De alguna rara forma la tierra recupera las cosas que dejó andar impunemente.

Amarillo en la arena, cavando diminutos pocitos de vergüenza. Amarillo volviendo con la Luna del viento y de la correría. Amarillo durmiendo como un ovillo tosco de largas patas flacas y colmillos oscuros. Hay un Amarillo sobre el árbol buscando grillos, y uno bajo el rosal resplandecido de sol en otoño. En cualquier sitio hay un Amarillo con los ojos cerrados riéndose del aire en los bigotes, de la tierra en las uñas, de la sangre en la herida. Discreto y cotidiano se había vuelto extenso, como un recuerdo diluido en agua. Amarillo.. El Amarillo.. ¿Cómo fue que no estabas?

Habrá buscado langostas, para consuelo magro. Habrá ido a la noche mirando los rincones donde se esconde el viento y agitando su sombra detrás del sexo áspero que siempre lo devolvía arañado e insomne. Ayer se ha muerto solo, como el sol en verano.

Y no dije nada cuando supe que estaba más allá de la tierra. Ayer murió Amarillo, con la sangre infectada y la oreja perdida, después que tanto estuvo asombrando los días; una miseria arrastra sus dedos sobre el mundo tomando aquellos que entre nosotros eran una maravilla.

Pero lo más salvaje sigue siendo que ha muerto sin decirnos lo que había soñado. Las cosas que había visto. La razón de su llanto. Las cosas que podrías habernos dicho y nos asombrarías. O verte en la vejez, hecho recuerdo silencioso. Augusto en cicatrices y ausente y cotidiano.
Después de tanto tiempo se ha muerto en silencio, buscando solitario el consuelo al dolor, y no hemos conseguido aliviarle la oreja. Su pobre oreja terca. ¿De qué nos sirve el mundo si perdimos su luz?

Tus largas huellas no estarán en la lluvia. Tu inmensa sombra brilla rota en miles de luces sobre el anochecido rostro de la ciudad.

Caminando dormido, lleva el sol dentro suyo
prometiendo que un día brillará repentino
hasta dejarnos ciegos de dolor compartido.

domingo, 2 de julio de 2017

Había buscado el gato hasta cansarse y la desesperanza le anocheció en el aire y la mirada.
Entonces, más enojado que cualquier infierno, levantó las piñas esparcidas por todo el espacio de los árboles y las tiró en mitad de la calle, para que se supiera que el dolor le había borrado la cordura.
Pero el gato volvió, no después al día siguiente, ni al otro día, ni que hubiese pasado una semana. Volvió el animalejo desgreñado cuando había pasado el tiempo acostumbrado de la impaciencia, la desazón, el abandono, y una lejanía postrera. (Es decir que volvió cuando ya lo habían muerto en el recuerdo.)
Tomó al gato de la miseria que había traído prendida en el pelaje y le desprendió de cada anca la bandolera de abrojos y chicles descoloridos hasta que pareció que solo quedaba piel macilenta y unas hebras de vello reseco que a la luz de la ventana le parecieron más polvo que otra cosa. Y lloraba mientras lo hacía, pero no lo sabía y se lo habría negado a cualquiera. Le parecía entonces estar tan enojado contra el mundo que llorar habría sido una impertinencia deleznable. 
El gato estaba tan apático y famélico como cualquier huido de la guerra, que se durmió mecido entre el agua tibia y apenas despertó para hundir la briznas de un bigote otrora digno entre el hedor a grasa de una ración. Y después volvió a dormirse en un sueño agitado, de esos que cualquier moribundo exhibe. Por que murió en mitad de la noche, dormido y enrollado en sí mismo, el hocico perdido entre sus flancos ahora fríos. Una nube de moscas esmeralda vino a zumbar sobre sus orejas rotas y se frotaban entre ellas mas ansiosas que una vida hambrienta.

Ese fue el último día en el que tuvo un gato, para el resto de su vida.
Religiosamente enrolló la sabana sudario de ocasión sobre el resto magro de la mascota, y puso el paquetito (asombrosamente enorme entre las manos pero en la tumba se revelaba nimio) dentro de la tierra. El sol estaba puro y distraído, mas allá de la tarde. La tumba era un pozo inconexo sobre la tierra que desconcertaba a las presencias. Como un hormiguero bombardeado donde hierven las furias.

Y cuando el gato estuvo totalmente ido la casa estaba erguida, con las ventanas como orejas y los pies firmes de insistencia. En la noche se oscurecía dormida sin sueños, por que casi parecía esperar el regreso de los que no volverán nunca por que están muertos.


martes, 27 de junio de 2017

"Hace 50 años existía la posibilidad de la utopía, de cambiar el curso de la historia. Eso desapareció. Creo que el mayor desafío que tenemos hoy es poder ser éticos aun sin demasiadas esperanzas. Sin la esperanza en la otra vida, en el paraíso que nos va a recibir si somos buenos, ni en el mundo nuevo que va a nacer de una revolución. Muchos nos hemos quedado sin Dios y sin mundo nuevo. ¿Qué es lo único que nos queda? Esa especie de conciencia ética que dice: “No, esto es malo”."
Luis Tedesco

http://www.clarin.com/opinion/mayor-desafio-eticos-demasiadas-esperanzas_0_BJz8myMjx.html


¿Acaso ese no ha sido siempre el camino de todos, en cualquier época? ¿Quien podría afirmar que las utopías legendarias agitadas hace 50 años eran proezas realizables que fueron, así y nada más, asesinadas por un tiempo de frenesí y desconcentración? 

Mirando atrás, todas las utopías del ayer son estas mismas que se ven tan pálidas, por que se han vuelto legendarias. Las leyendas matan la realidad, la vuelven de piedra o de ceniza. Cubren los intentos con aforismos y desesperación, ultiman la bondad con gestos de pereza. Por eso estos analistas del ayer y del hoy nos confundimos y murmuramos sobre la extinción de la utopía, de la revolución y de la conquista. 
Los romanos de la República tardía escribieron contra la amoralidad y el estancamiento que amenazaba la gloria en la Ciudad Eterna, Trento se erigió como un baluarte de las buenas costumbres y el orden en este profano mundo, los franceses de hace 250 años escribieron sobre como matar el rey y el dios para salvar el espíritu del pueblo, Luis XVIII y Carlos X de Francia se lamentaron de como se habían olvidado las virtudes de los Estados, y desde Martí hasta Raúl Castro la voz atronadora de la Revolución se ha levantado sobre las desgracias de este presente enfermo. Buda ha caminado el venerable silencio de los convencidos. Por que el presente siempre ha parecido enfermo a quien solo mira en una dirección. Luis XVIII vivió su vejez reinante atrapado en la vanagloria del pasado, y de Raúl Castro es fácil capturar la sensación de que vive atrapado en la alegría de un futuro remoto. 

Quizá tengan razón, y el avance sea solo tecnológico. Solo nos adentramos en los mundos difusos de las redes virtuales o en el eterno sueño de conquistar la Luna. Porque de lo demás nunca hemos salido: todavía se lanzan al mercado cada verano un nuevo kamasutra ilustrado y dos best seller sobre como hallar el verdadero amor y el sentido de la vida; como si nunca hubiésemos salido de la palma de la mano de Buda.

Quizá tengan razón los cínicos que glosan la eternamente postergada muerte de la civilización humana. (Y hablo solo de este Occidente europeo que me ha tocado en suerte.) (¿Pero acaso no existe en China una Antigüedad, un Imperio, una Revolución eterna?) Quizá tengan razón los que afirmamos que nunca hemos estado ni bien ni mal ni apenas, si no que sucedemos en la ceguera de no poder mirar atrás por culpa de la lluvia. 
Y si ahora morimos o vivimos, no es de ninguna forma pecado original de nuestros días.
Cuidaos de la belleza del desencanto, y cuidaos de la maravilla de la promesa. Eso decimos. 


miércoles, 24 de mayo de 2017

Vagando entre las cosas de mi madre encontré un viejo planisferio, un mapa mundial abandonado cubierto de tierra y con muchas islas desmigadas por los grillos, las raspaduras y las manchas. Lo doblaron, enrollaron, marcaron, quemaron, quebraron, mojaron. Tiene paralelos hechos de dobleces y meridianos desgastados. 
Me preguntó para que guardaba un mapa tan viejo y tan feo, cuando ella tiene uno nuevecito que en un acto de bondad beata se ofreció a prestarme. Pero le dije que el mapa viejo todavía servía.

La cultura ancestral japonesa llama "Kintsukuroi" a un arte dedicado a reparar objetos viejo y rotos. Las vasijas antiguas que se partieron se reparaban con resinas y polvo de oro, convirtiendo las cicatrices en historia de la pieza valorada. Decían que las vasijas contaban una historia digna de respeto. Que habían sobrevivido.

Este mapa es como un gato viejo que vuelve su nariz hacia el que viene y le muestra cicatrices de otras guerras, raspones de corridas; una belleza antigua que se abre como granada madura. Colón se extiende sobre arrugas que grabaron sus viajes, los volcanes marinos de Oceanía quemaron un extremo. Hasta la larga lucha de Liberen a Irlanda atravesó este papel y se hizo desgarro.
Decía el Romanticismo que las ruinas despiertan el temor y la admiración de estar frente a la acusación de lo que se ha perdido. De las existencias muertas, como huesos de Lucy. Pero el mapa está presente, y aunque el agua se esfuerce él sigue envejeciendo interminablemente. 


jueves, 13 de abril de 2017

El mejor monarca del siglo

Se llamaba Joshua Edward Norton y había nacido en Londres a finales de la década de 1810; cuando fueron los años en que Europa se subió a los trenes y dejó atrás una estela de progreso que parecía inabarcable y feliz.
En 1820 los recientes padres Joshua sr. y Sarah Norton emigraron a Sudáfrica, donde el hijo creció en los amplios límites del Imperio Británico. En 1848 el padre falleció y al año siguiente Joshua dejó Sudáfrica y desembarcó en América.
Joven, emprendedor y ambicioso llegó a San Francisco, en la costa del Pacífico de Estados Unidos, donde hizo fortuna comprando y vendiendo y especulando con las inmensas cargas que desembarcaban en el puerto. Pero en 1858 se declaró en bancarrota después de haber comprado inmensas cantidades de arroz que no pudo vender y que lo dejaron en la calle. Huyó de la ciudad ese mismo año sin animo para intentar reverdecer su fortuna, después de perder todos los juicios ante la Corte, que por una vez falló en contra del especulador para su bien y el de todos.


Pero volvió. El 17 de septiembre de 1859, por la tarde, se vistió de gala con uniforme de la Armada, se calzó un gran sombrero de castor tocado con pluma de pavo real, y papel en mano mandó que el San Francisco Bulletin imprimiera la mayor declaración política de la historia norteamericana: su autoproclamación como Emperador de los Estados Unidos de América, Norton I. Y la imprimieron, como una broma del día. Una broma que duró veintiún años de glorioso reinado.

Fue el dirigente más longevo de la historia de EEUU, viendo pasar bajo su corona a 5 presidentes mientras duró su reinado. Fue el único estadounidense que logró el siempre acariciado proyecto de gobernar a sus accidentados vecinos del sur, cuando se declaró Protector de México debido a que no podían manejar "sus propios asuntos". Y fue el monarca más unánimemente querido que pueda encontrarse en las crónicas.
Se ponían de pie cuando ingresaba a la opera a su asiento de primera fila, asistía gratis y honrosamente a los mejores restaurant, era aclamado en las calles, y una vez incluso frenó a una enfurecida multitud que trataba de linchar a unos coolies chinos hablando inspirado acerca de las bondades de la hermandad humana.
En 1861 la Guerra de Secesión asoló el país, y Nortón I demandó inútilmente que Abraham Lincoln y Jefferson Davis se presentasen ante él para finalizar con los combates que entonces quebraban a la Unión. Cuando la Guerra terminó su Majestad Imperial era una celebridad nacional: Mark Twain le escribió el epitafio de su fallecido perro Bummer y el censo local de 1870 lo registró como "Emperador", residente en el número 642 de Comercial Street.
Todavía reinó gloriosamente una década más, envejeciendo entre los reconocimientos diarios del pueblo que nunca dejó de tratarlo como lo que era: el Emperador. El único emperador callejero que el mundo haya visto. Y el único monarca del cual se recuerda únicamente su inmenso afán por la paz y la prosperidad de sus súbditos. Otras páginas hablarán de sus decretos visionarios y sus resoluciones minúsculas.


La noche del 8 de enero de 1880 se caía el cielo sobre San Francisco. Y "Sobre el sucio pavimento, en la oscuridad de la noche lluviosa, Norton I, Emperador de los Estados Unidos de América y Protector de México por la Gracia de Dios, encontró ayer la cristiana muerte." (Le Roi Est Mort - San Francisco Chronicle)
El cortejo lo acompaño por cuadras y cuadras, más de diez mil personas. Hasta el eclipse del 11 de enero se aceptó en su memoria. Todavía un siglo después de su muerte, el 8 de enero de 1990, San Francisco le rindió homenaje póstumo al único emperador exitoso de América.
No dejó hijos, palacios, o fortunas secretas. Pasó sobre la tierra como una temporada de locura, al borde de los grandes hombres y mujeres que reinaron en ese tiempo de fiebre. Discreto y magnifico, su Majestad Imperial fue quizá el mejor monarca del siglo, y el más olvidado de todos.


domingo, 19 de febrero de 2017


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Otra versión de la historia dice que cuando Ulises volvió Penélope ya no lo esperaba. Que estaban viejos y habían perdido los dientes, que habían amado a otros en el camino. Que a los dos tanta leyenda les consumió la ternura. 

Y no hubo una noche descomunal de amor ni una pelea. Se acostaron los dos, desconocidos. Un viento les apagó las velas. Y en la mañana uno de los dos estaba muerto.
Tenía en la espalda un par de largas cicatrices pálidas que en otro tiempo habían recibido cuidados presurosos y desiguales, como para las desgracias imprevistas. Por un par de sospechas previas no me atrevía a dudar del origen de aquellas cicatrices. En realidad resultaban más fáciles de aceptar sus grandes ojos pálidos y aventurados bajo la extensa frente y el cabello suelto y ese mentón prominentemente afirmado que se adelantaba sobre la corriente del viento, si en la primera ocasión de la historia uno aceptaba que allí donde su espalda se quedaba sin sentido habían flotado un par de alas.

No me atreví a dudar entonces de aquel origen sobrenatural, y él me ayudó en mi credulidad contándome apenas aquel par de detalles que justificaban las blancas marcas sobre la piel morena. Sin hablar de maldad, sin decirme dolores, apenas con un par de gestos secos como los hachazos que le habían quitado para siempre su estatus de estrella volante. 

Después, mucho tiempo pasado, me atreví, y se atrevió, discretamente a levantarle  los brazos y a retorcerle la piel de la espalda desde la nuca hasta la cintura buscándole al misterio mayúsculo de sus heridas insalvables la explicación racional, lógica, estructural y entonces  todavía necesaria de ese par de cicatrices como arañazos hacia los pulmones que él siempre cubría pudorosamente con la tela amplia de sus camisas o con la sombra de los cuartos penumbrosos en las tardes calientes que el verano insistía en repetir. Claro que para entonces ya había pasado mucho tiempo y el lenguaje de nuestras historias era otro, mucho más asentado en la costumbre del asombro cotidiano que en la estupefacta visión del primer dolor en el otro.

No lo entendí nunca. De cualquier forma que intenté, nada de este mundo podía explicar satisfactoriamente esas extremidades extintas, pero que yo adivinaba magníficas. Y ahora que ningún resto de esos días sobrevive, más que mi asombro en estas líneas esforzadas, he comprendido ya que aquel par de emplumadas fortalezas óseas y vigorosas tenían una cabal explicación en sus propios ojos. En la completa y fugaz expresión de su miseria abandonada a la melancolía que invadía inexorablemente nuestras tardes de enero estaba el resultado eximio y ceniciento de esa roza que se llevó sus extensiones de magnificencia.

 Pero aún quedaba algo, de un pasado remoto. Una visión fugaz que podía identificarse en la liviandad torpe de sus brazos, en el descanso y el frescor de sus palmas extendidas cuando se dormía sentado en un sillón bajo la galería para despertarse sobresaltado en media tarde y atisbar el rectángulo del cielo sobre el patio de aquella casa nuestra sin descuidos y con tristezas infinitas en los ojos incoloros del sueño cortado.

Como digo, en ese desencuentro entre su melancolía, que lo seguía como encerrada dentro de  la sombra, y el majestosos balanceo de su frente a lo alto de su figura me pareció una tarde hallar la respuesta. No lo entendí hasta mucho tiempo después, cuando todas las cosas ya habían sucedido y mis asombros me parecieron más sabios.

No era de este mundo entonces, nada de estas piedras, de estas gentes, de estos árboles, nada de esto podía acercarse a la plenitud de su carne como una explicación o como un ejemplo. Podía explicarse el origen de sus largas cicatrices blancas con la desolación lamentable de la arena, o con el crujido visceral de los huesos bajo la tierra. Pero aquel par de alas, que se hubiesen extendido frente a mí y ya no se podía, apenas conservaban de sí mismas esa melancolía recóndita en la mirada de su ángel perdido y de mi ángel huido. Esa melancolía y un par de largas cicatrices blancas que nunca se borraron y que en un invierno frío de algún año que ahora se me pierde entre todos volvieron a dolerle debajo d la espalda.

Recuerdo bien que entonces se levantó despacio y con aquellos pasos repentinos de quien afronta decisivamente el abandono del frío se fue yendo entre los árboles hacia cualquier parte, más en búsqueda de alguna distracción  que de un alivio. Y yo pensaba al verlo irse que si a la tarde no volviese sería porque ya disuelto en la luz al ponerse el sol había encontrado algún recodo del destino que en virtud de su naturaleza para mí ignota en su totalidad pero atisbadamente magnífica. Y que podría entonces cerrar yo las ventanas y envejecer preguntándome sin respuesta posible que tan loco había estado que recordaba haber visto dormir aquel ángel con las alas cortadas.

Pero recuerdo con mayor claridad que no se disipó en la luz, sino que esa tarde, cuando yo comenzaba a resistirme a la duda urgente por tapiar las aberturas de la casa, volvió despacioso y alegremente por el mismo camino de antes. Y cuando fui a buscarlo en la puerta con las luces últimas del atardecer vino riéndose generosamente entre los árboles adormecidos y el pasto que ya oscurecía mientras su gesto de estirar el brazo para tocar mi hombro y decirme ternuras se convertía sin que lo supiéramos en una claudicación definitiva.

Porque no volvió a volar, ni a dispersar la luz que imagino todavía a las alturas. Y los brazos se le fortalecieron, los pasos quizá fueron menos torpes. Conservó para siempre la altivez de la frente, el gesto desprendido del cabello revuelto en lo alto, hasta incluso el color incompresible de los ojos.
Esa tarde, que hacía tanto frío, cuando volvió de entre el resto del mundo había terminado una edad del tiempo. Como ese par de cicatrices intraducibles que en su espalda se desplegaban muertas y petrificadas con su corazón de hueso cortado, así en algún lugar de su melancolía escondió el mismo la desazón que el dolor deja. Y si fue como claudicar en una causa noble perdida para siempre, y si fue como la resignación mayúscula de quién ya no pudo, eso lo sabía solo él  y yo lo adivinaba.