domingo, 11 de julio de 2021


Se sentaba en un sitio ya esperado, cerquita de una esquina de la cabecera del difunto. Y allí, con el rosario entre los puños de encaje, empezaba a llorar como al descuido, mientras se le iban yendo las cuentas con las horas y la tarde se hacía vieja entre los árboles.
De ella se desprendía una miseria suave que llenaba las salas, que ocupaba las sillas en derredor suyo, que atraía a los gatos y espantaba a falsarios y a parientes de ocasión como con un perfume a nardos y a yuyos secos. 

Se llamaba Raquel y no tenía edad. Lloraba por oficio y por encanto, lloraba en los entierros de los pobres y los ricos, vestía solo de pardos y de negros, y en su casa crecían las rosas más fragantes y más voluminosas que se hayan conocido de este lado del mundo. Doña Raquel Urzúa era la llorona del pueblo. La última de ellas, una rosa caída que se oscurecía sola en un tiempo donde las costumbres morían lentamente rodeadas de olvidos almidonados. 
Era herencia de otras épocas, y oficio de señoritas misteriosas, decían los memoriosos viéndola pasar furtiva en los oficios de domingos o en las esquinas donde la gente se juntaba a murmurarse chismes. No creo que alguna vez se le dirigiera palabra, más que las necesarias para el funeral de ocasión. imponía en los mayores algún respeto que se me escapa, con su habito negro de botones brillantes y puños sembrados de jazmines de encaje. Un pañuelito blanco, delicadísimo, bordado con par de letrillas rojas por todo asomo de elegancia. Vestida siempre de ocasión, daba más miedo que el muerto y lloraba con más sentimiento que los deudos. Los avivados del club Progreso solían chistar que varios difuntos debían más sentimiento a doña Raquel que a sus propias viudas, y algo de razón había en todo aquello. 

Ya terminando el oficio se deslizaba entre la gente, opaca de tan muda por la tierra, salía por el camino viejo entre los paredones y las cruces de panteones olvidados deteniéndose apenas un ratito para acomodarse el pelo, sacar un espejito, coqueta acaso. Y luego ya se iba, como quien sale de un encierro, con los pasos cortados apretando el pañuelito blanco contra el pecho, de a poco, como quién queriendo ser liviana después de tanta pena. 

No se supo si murió, ni cuando y donde fue a parar con sus huesos. Nadie sabía su edad, y los detalles de un matrimonio ventajoso quebrado en el último instante se habían perdido en el chismerío de los años. Se sabe que una tarde tiraron abajo la casona vieja que había ocupado durante décadas, en el barrio Independencia justo después de la última tapia del camposanto, y para entonces ya no recordaba quién había vivido allí ni cuando. 
Pero corrió el rumor de lo último que se pudo rescatar de ella: cuando la excavadora municipal topo la vieja ventana de la pieza del fondo la madera consumida por el siglo se vino abajo apenas como con un suspiro bajo el sol de media mañana mientras el viento entraba a raudales como un perro ansioso empujando las esquinas del que alguna vez pudo ser el cuarto privado de la señorita Urzúa. 
No terminaba de arremolinarse el viento cuando los obreros ya se asomaban por la ventanita, y el resoplido de la casona los hizo retroceder hacia la ceguera de lo soleado; pero con ellos, revoloteando como mariposas blancas, como esmirriadas palomitas, como polillas encandiladas por un farol feroz, a través de la ventana derruida salieron saltando sobre el viento los innumerables pañuelitos blancos que la llorona había guardado celosamente en ese rincón último. Los mil y un pañuelitos blancos de doña Raquel Urzúa, cada uno bordado con letrillas rojas, y resecos de una tristeza muerta hacía añares revoloteaban deshaciéndose en la luz. 


sábado, 20 de febrero de 2021

"Jansen es una versión extraña y simpática de aquel estereotipado alquimista que en su desesperación existencial ha buscado crear vida ajena con la materia informe de nuestra tierra. Desde el milenario Golem cabalístico, con Viktor Franskenstein, la ingeniería genética y las vidas artificiales con algoritmos computacionales." 


"¡Theo Jansen lo consiguió!" decían todos los titulares. La noticia se extendió por todo el mundo en unos pocos días. El artista, el científico, el diseñador, el mago, el investigador, el extraño, el loco, el desconocido, el inventor, el creador más original del último siglo lo había conseguido. Lo logró, culminó el trabajo de cinco décadas, consiguió resultados altamente satisfactorios. Un programa de noticias tailandes publicitó la asombrosa news con una foto de un científico vestido con una bata blanca; y trece horas más tarde un influencer mexicano hizo notar a todo Occidente que el hombre de la foto era en realidad un actor de una campaña de pasta dentífrica. En EE.UU. un pastor evangélico condujo un debate televisado discutiendo sobre si era correcto aplicar a Jansen el apelativo de "creador" y concluyó que no. Embajadas de todo el mundo enviaron salutaciones a una discreta oficina en Paris, y varios paparazzi  asediaron la casa natal de Jansen esperando verlo asomarse. 
No estaba. Había desaparecido. El hombre del momento, cuya cara estaba en todos los noticiarios y cuyo nombre resonaba en todas las ciudades importantes del mundo, (y también en las no tan importantes que son muchas más y con esto justificaban que era un noticia realmente novedosa), había desaparecido. 
Las horas de incertidumbre terminaron abruptamente. Theo Jansen estaba en Chile, donde iba a conducir el último acto de la comedia más sublime. El hombre que había encontrado el método imposible pasaba las horas desarmando y reconstruyendo bestias en un taller improvisado en una vieja y abandonada estación de trenes.

El viento soplaba fuerte a lo largo de la playa y el Pacífico estaba teñido de verde hasta el horizonte. Los periodistas y fotógrafos de todo el mundo se apretaban detrás de los vallados mientras los carabineros intentaban sostener la cerca contra la creciente marea humana. 
Es que iba a suceder lo impensable. El viento estaba detenido, pero hacía frío. Un viejo local dijo que parecía faltar algo en el aire, quizá el tiempo. El tiempo estaba detenido, en esa hora magnifica en donde un hombre casi ignoto para el resto del mundo de pronto atrapaba toda la atención de la Humanidad. 
Porque Theo Jansen había afirmado discretamente que había logrado encontrar la formula secreta para sus criaturas e iba a conducir un último experimento esa misma tarde, en esa misma playa donde treinta años antes exhibiera sus primitivos y legendarios monstruos. 
Eran pasadas las dos de la tarde cuando al fin la carpa blanca se agitó y por una abertura en su costado salió lentamente el señor Jansen. Arrastraba un pequeño carro cubierto por una sábana pálida y su expresión era inescrutable, mientras los periodistas le gritaban en todos los idiomas posibles. 

Frente al mar, con movimientos lentos y casuales, detuvo el carrito, se acomodó el pelo y miró por última vez atrás. No había teatralidad ni énfasis exagerado. Era un hombre con expresión de cansancio, acomodándose el cabello canoso mientras el carro esperaba el siguiente minuto. Entonces se inclinó y con un par de manotazos retiró la sábana para que todos pudieran ver lo que había creado.
Sobre el carro apareció una forma alargada, brillante en sus extremos y de articulaciones renegridas; una apariencia compacta y ligera, casi achatada. Parecía temblar, pero la playa estaba quieta y no había viento. Jansen no hizo más movimientos, pese a que el griterío subió y los aplausos estallaban confundidos. 
La criatura permanecía tendida, y el viento comenzó a llegar agitando el trapo blanco que se extendió sobre la arena mojada. Algunos de los asistentes comenzaron a saltar el vallado, mientras la policía se veía desbordada por el entusiasmo de la multitud. Solo Jansen estaba inmóvil y en silencio en toda la playa, mientras la criatura parecía tiritar. Algunos dicen que finalmente murmuró algo, una palabra o una frase. Nadie supo explicarlo bien. Las filmaciones apenas muestran su cara mientras el viento le arrastra los cabellos largos. 

Entonces sucedió, el momento que lo cambió todo. El carrito se movió ligeramente mientras la forma se sacudía y se estiraba; levantaba el extreme frente al mar y el lomo deslucido se ondulaba. La criatura se deslizó fuera del carrito dejando unas marcas líquidas en la playa y lentamente se dirigió hacia la línea de agua. 
Periodistas y carabineros corrían hacia ellos desenfrenadamente, pero el tiempo parecía ausente. Jansen miraba el mar y la criatura, mientras ambos se unían en un instante terrible. Hubo un chapoteo, burbujas minúsculas que nadie alcanzó a ver, y el ser desapareció bajo el el agua, mientras los flashes de miles de cámaras y teléfonos celulares estallaban en las sombras. 
Solo quedó el viejo Theo Jansen asediado por los periodistas y el silencio de la playa. 

Jansen murió en un barrio, en las afueras de La Haya unos años después; siempre se negó a revelar más detalles que los observados esa tarde en la playa. Murió como una leyenda: el mayor estafador del mundo, que convenció a todos los ingenuos y crédulos del mundo; y el artista que descubrió un secreto demasiado hermoso y terrible como para compartirlo. Pero nadie ha vuelto a ver a la criatura.