Se sentaba en un sitio ya esperado, cerquita de una esquina de la cabecera del difunto. Y allí, con el rosario entre los puños de encaje, empezaba a llorar como al descuido, mientras se le iban yendo las cuentas con las horas y la tarde se hacía vieja entre los árboles.
De ella se desprendía una miseria suave que llenaba las salas, que ocupaba las sillas en derredor suyo, que atraía a los gatos y espantaba a falsarios y a parientes de ocasión como con un perfume a nardos y a yuyos secos.
Se llamaba Raquel y no tenía edad. Lloraba por oficio y por encanto, lloraba en los entierros de los pobres y los ricos, vestía solo de pardos y de negros, y en su casa crecían las rosas más fragantes y más voluminosas que se hayan conocido de este lado del mundo. Doña Raquel Urzúa era la llorona del pueblo. La última de ellas, una rosa caída que se oscurecía sola en un tiempo donde las costumbres morían lentamente rodeadas de olvidos almidonados.
Era herencia de otras épocas, y oficio de señoritas misteriosas, decían los memoriosos viéndola pasar furtiva en los oficios de domingos o en las esquinas donde la gente se juntaba a murmurarse chismes. No creo que alguna vez se le dirigiera palabra, más que las necesarias para el funeral de ocasión. imponía en los mayores algún respeto que se me escapa, con su habito negro de botones brillantes y puños sembrados de jazmines de encaje. Un pañuelito blanco, delicadísimo, bordado con par de letrillas rojas por todo asomo de elegancia. Vestida siempre de ocasión, daba más miedo que el muerto y lloraba con más sentimiento que los deudos. Los avivados del club Progreso solían chistar que varios difuntos debían más sentimiento a doña Raquel que a sus propias viudas, y algo de razón había en todo aquello.
Ya terminando el oficio se deslizaba entre la gente, opaca de tan muda por la tierra, salía por el camino viejo entre los paredones y las cruces de panteones olvidados deteniéndose apenas un ratito para acomodarse el pelo, sacar un espejito, coqueta acaso. Y luego ya se iba, como quien sale de un encierro, con los pasos cortados apretando el pañuelito blanco contra el pecho, de a poco, como quién queriendo ser liviana después de tanta pena.
No se supo si murió, ni cuando y donde fue a parar con sus huesos. Nadie sabía su edad, y los detalles de un matrimonio ventajoso quebrado en el último instante se habían perdido en el chismerío de los años. Se sabe que una tarde tiraron abajo la casona vieja que había ocupado durante décadas, en el barrio Independencia justo después de la última tapia del camposanto, y para entonces ya no recordaba quién había vivido allí ni cuando.
Pero corrió el rumor de lo último que se pudo rescatar de ella: cuando la excavadora municipal topo la vieja ventana de la pieza del fondo la madera consumida por el siglo se vino abajo apenas como con un suspiro bajo el sol de media mañana mientras el viento entraba a raudales como un perro ansioso empujando las esquinas del que alguna vez pudo ser el cuarto privado de la señorita Urzúa.
No terminaba de arremolinarse el viento cuando los obreros ya se asomaban por la ventanita, y el resoplido de la casona los hizo retroceder hacia la ceguera de lo soleado; pero con ellos, revoloteando como mariposas blancas, como esmirriadas palomitas, como polillas encandiladas por un farol feroz, a través de la ventana derruida salieron saltando sobre el viento los innumerables pañuelitos blancos que la llorona había guardado celosamente en ese rincón último. Los mil y un pañuelitos blancos de doña Raquel Urzúa, cada uno bordado con letrillas rojas, y resecos de una tristeza muerta hacía añares revoloteaban deshaciéndose en la luz.