sábado, 9 de noviembre de 2019

52

Las ballenas fueron los últimos animales encontrados. Sus rutas inaccesibles y nuestra condena a lo pedestre nos alejó de ellas durante siglos. Alcanzamos las cimas de las montañas mucho antes de aprender a sumergirnos en el mar. Y bajo la línea oscurecida del agua las ballenas prosperaron durante milenios, anchas y pacíficas, cantándose a los gritos en la distancia.

En 1989 los hidrófonos sumergidos a lo largo del Pacífico escucharon un llamado lejano, de una ballena que llama en una frecuencia de 52 hertz. Las ballenas cantan en frecuencias mucho más bajas, no superando los 40 hertz en sus llamados, pero este canto inconfundible sonaba muy por encima. Sus llamados llegan en tonos y variables a los que ninguna otra voz se le parece. La ballena de los 52 hertz está sola. Nadie le responde, nadie puede entenderla. 
Desde aquel año ha seguido llamando mientras recorre el Pacífico. Ningún humano la ha visto, nadie puede bajar hasta su abismo y responder su idioma. Sumergida en la inmensidad de su abandono ella sigue llamando sin obtener respuestas. Hermosa de tan única y tan desoladora su existencia. 

Probablemente nunca encuentre otra ballena que hable en su frecuencia de sonido, o un grupo que pueda comprenderla cuando canta. Pero igual sigue llamando mientras recorre las rutas de apareamiento y cría a lo largo del océano. Y cada año los humanos en la costa la escuchan y la graban sin poder entenderla y sin poder responder. 
Lleva treinta años así, y quizás aún dure medio siglo. Su idioma inconfundible sigue llegando a los rincones de las aguas, y el silencio le responde.