Tenía en la espalda un par de
largas cicatrices pálidas que en otro tiempo habían recibido cuidados
presurosos y desiguales, como para las desgracias imprevistas. Por un par de sospechas previas no me atrevía a dudar del origen de aquellas cicatrices. En
realidad resultaban más fáciles de aceptar sus grandes ojos pálidos y
aventurados bajo la extensa frente y el cabello suelto y ese mentón
prominentemente afirmado que se adelantaba sobre la corriente del viento, si en
la primera ocasión de la historia uno aceptaba que allí donde su espalda se
quedaba sin sentido habían flotado un par de alas.
No me atreví a dudar entonces de aquel origen sobrenatural,
y él me ayudó en mi credulidad contándome apenas aquel par de detalles que
justificaban las blancas marcas sobre la piel morena. Sin hablar de maldad, sin
decirme dolores, apenas con un par de gestos secos como los hachazos que le
habían quitado para siempre su estatus de estrella volante.
Después, mucho tiempo pasado, me atreví, y se atrevió,
discretamente a levantarle los brazos y
a retorcerle la piel de la espalda desde la nuca hasta la cintura buscándole al
misterio mayúsculo de sus heridas insalvables la explicación racional, lógica,
estructural y entonces todavía necesaria
de ese par de cicatrices como arañazos hacia los pulmones que él siempre cubría
pudorosamente con la tela amplia de sus camisas o con la sombra de los cuartos
penumbrosos en las tardes calientes que el verano insistía en repetir. Claro
que para entonces ya había pasado mucho tiempo y el lenguaje de nuestras
historias era otro, mucho más asentado en la costumbre del asombro cotidiano
que en la estupefacta visión del primer dolor en el otro.
No lo entendí nunca. De cualquier forma que intenté, nada de
este mundo podía explicar satisfactoriamente esas extremidades extintas, pero
que yo adivinaba magníficas. Y ahora que ningún resto de esos días sobrevive,
más que mi asombro en estas líneas esforzadas, he comprendido ya que aquel par
de emplumadas fortalezas óseas y vigorosas tenían una cabal explicación en sus
propios ojos. En la completa y fugaz expresión de su miseria abandonada a la
melancolía que invadía inexorablemente nuestras tardes de enero estaba el
resultado eximio y ceniciento de esa roza que se llevó sus extensiones de
magnificencia.
Pero aún quedaba
algo, de un pasado remoto. Una visión fugaz que podía identificarse en la
liviandad torpe de sus brazos, en el descanso y el frescor de sus palmas
extendidas cuando se dormía sentado en un sillón bajo la galería para
despertarse sobresaltado en media tarde y atisbar el rectángulo del cielo sobre
el patio de aquella casa nuestra sin descuidos y con tristezas infinitas en los
ojos incoloros del sueño cortado.
Como digo, en ese desencuentro entre su melancolía, que lo
seguía como encerrada dentro de la
sombra, y el majestosos balanceo de su frente a lo alto de su figura me pareció
una tarde hallar la respuesta. No lo entendí hasta mucho tiempo después, cuando
todas las cosas ya habían sucedido y mis asombros me parecieron más sabios.
No era de este mundo entonces, nada de estas piedras, de
estas gentes, de estos árboles, nada de esto podía acercarse a la plenitud de
su carne como una explicación o como un ejemplo. Podía explicarse el origen de
sus largas cicatrices blancas con la desolación lamentable de la arena, o con
el crujido visceral de los huesos bajo la tierra. Pero aquel par de alas, que
se hubiesen extendido frente a mí y ya no se podía, apenas conservaban de sí
mismas esa melancolía recóndita en la mirada de su ángel perdido y de mi ángel
huido. Esa melancolía y un par de largas cicatrices blancas que nunca se
borraron y que en un invierno frío de algún año que ahora se me pierde entre
todos volvieron a dolerle debajo d la espalda.
Recuerdo bien que entonces se levantó despacio y con aquellos
pasos repentinos de quien afronta decisivamente el abandono del frío se fue
yendo entre los árboles hacia cualquier parte, más en búsqueda de alguna
distracción que de un alivio. Y yo
pensaba al verlo irse que si a la tarde no volviese sería porque ya disuelto en
la luz al ponerse el sol había encontrado algún recodo del destino que en
virtud de su naturaleza para mí ignota en su totalidad pero atisbadamente
magnífica. Y que podría entonces cerrar yo las ventanas y envejecer
preguntándome sin respuesta posible que tan loco había estado que recordaba
haber visto dormir aquel ángel con las alas cortadas.
Pero recuerdo con mayor claridad que no se disipó en la luz,
sino que esa tarde, cuando yo comenzaba a resistirme a la duda urgente por
tapiar las aberturas de la casa, volvió despacioso y alegremente por el mismo
camino de antes. Y cuando fui a buscarlo en la puerta con las luces últimas del
atardecer vino riéndose generosamente entre los árboles adormecidos y el pasto
que ya oscurecía mientras su gesto de estirar el brazo para tocar mi hombro y
decirme ternuras se convertía sin que lo supiéramos en una claudicación
definitiva.
Porque no volvió a volar, ni a dispersar la luz que imagino
todavía a las alturas. Y los brazos se le fortalecieron, los pasos quizá fueron
menos torpes. Conservó para siempre la altivez de la frente, el gesto
desprendido del cabello revuelto en lo alto, hasta incluso el color
incompresible de los ojos.
Esa tarde, que hacía tanto frío, cuando volvió de entre el
resto del mundo había terminado una edad del tiempo. Como ese par de cicatrices
intraducibles que en su espalda se desplegaban muertas y petrificadas con su
corazón de hueso cortado, así en algún lugar de su melancolía escondió el mismo
la desazón que el dolor deja. Y si fue como claudicar en una causa noble
perdida para siempre, y si fue como la resignación mayúscula de quién ya no
pudo, eso lo sabía solo él y yo lo
adivinaba.