"Jansen es una versión extraña y simpática de aquel estereotipado alquimista que en su desesperación existencial ha buscado crear vida ajena con la materia informe de nuestra tierra. Desde el milenario Golem cabalístico, con Viktor Franskenstein, la ingeniería genética y las vidas artificiales con algoritmos computacionales."
"¡Theo Jansen lo consiguió!" decían todos los titulares. La noticia se extendió por todo el mundo en unos pocos días. El artista, el científico, el diseñador, el mago, el investigador, el extraño, el loco, el desconocido, el inventor, el creador más original del último siglo lo había conseguido. Lo logró, culminó el trabajo de cinco décadas, consiguió resultados altamente satisfactorios. Un programa de noticias tailandes publicitó la asombrosa news con una foto de un científico vestido con una bata blanca; y trece horas más tarde un influencer mexicano hizo notar a todo Occidente que el hombre de la foto era en realidad un actor de una campaña de pasta dentífrica. En EE.UU. un pastor evangélico condujo un debate televisado discutiendo sobre si era correcto aplicar a Jansen el apelativo de "creador" y concluyó que no. Embajadas de todo el mundo enviaron salutaciones a una discreta oficina en Paris, y varios paparazzi asediaron la casa natal de Jansen esperando verlo asomarse.
No estaba. Había desaparecido. El hombre del momento, cuya cara estaba en todos los noticiarios y cuyo nombre resonaba en todas las ciudades importantes del mundo, (y también en las no tan importantes que son muchas más y con esto justificaban que era un noticia realmente novedosa), había desaparecido.
Las horas de incertidumbre terminaron abruptamente. Theo Jansen estaba en Chile, donde iba a conducir el último acto de la comedia más sublime. El hombre que había encontrado el método imposible pasaba las horas desarmando y reconstruyendo bestias en un taller improvisado en una vieja y abandonada estación de trenes.
El viento soplaba fuerte a lo largo de la playa y el Pacífico estaba teñido de verde hasta el horizonte. Los periodistas y fotógrafos de todo el mundo se apretaban detrás de los vallados mientras los carabineros intentaban sostener la cerca contra la creciente marea humana.
Es que iba a suceder lo impensable. El viento estaba detenido, pero hacía frío. Un viejo local dijo que parecía faltar algo en el aire, quizá el tiempo. El tiempo estaba detenido, en esa hora magnifica en donde un hombre casi ignoto para el resto del mundo de pronto atrapaba toda la atención de la Humanidad.
Porque Theo Jansen había afirmado discretamente que había logrado encontrar la formula secreta para sus criaturas e iba a conducir un último experimento esa misma tarde, en esa misma playa donde treinta años antes exhibiera sus primitivos y legendarios monstruos.
Eran pasadas las dos de la tarde cuando al fin la carpa blanca se agitó y por una abertura en su costado salió lentamente el señor Jansen. Arrastraba un pequeño carro cubierto por una sábana pálida y su expresión era inescrutable, mientras los periodistas le gritaban en todos los idiomas posibles.
Frente al mar, con movimientos lentos y casuales, detuvo el carrito, se acomodó el pelo y miró por última vez atrás. No había teatralidad ni énfasis exagerado. Era un hombre con expresión de cansancio, acomodándose el cabello canoso mientras el carro esperaba el siguiente minuto. Entonces se inclinó y con un par de manotazos retiró la sábana para que todos pudieran ver lo que había creado.
Sobre el carro apareció una forma alargada, brillante en sus extremos y de articulaciones renegridas; una apariencia compacta y ligera, casi achatada. Parecía temblar, pero la playa estaba quieta y no había viento. Jansen no hizo más movimientos, pese a que el griterío subió y los aplausos estallaban confundidos.
La criatura permanecía tendida, y el viento comenzó a llegar agitando el trapo blanco que se extendió sobre la arena mojada. Algunos de los asistentes comenzaron a saltar el vallado, mientras la policía se veía desbordada por el entusiasmo de la multitud. Solo Jansen estaba inmóvil y en silencio en toda la playa, mientras la criatura parecía tiritar. Algunos dicen que finalmente murmuró algo, una palabra o una frase. Nadie supo explicarlo bien. Las filmaciones apenas muestran su cara mientras el viento le arrastra los cabellos largos.
Entonces sucedió, el momento que lo cambió todo. El carrito se movió ligeramente mientras la forma se sacudía y se estiraba; levantaba el extreme frente al mar y el lomo deslucido se ondulaba. La criatura se deslizó fuera del carrito dejando unas marcas líquidas en la playa y lentamente se dirigió hacia la línea de agua.
Periodistas y carabineros corrían hacia ellos desenfrenadamente, pero el tiempo parecía ausente. Jansen miraba el mar y la criatura, mientras ambos se unían en un instante terrible. Hubo un chapoteo, burbujas minúsculas que nadie alcanzó a ver, y el ser desapareció bajo el el agua, mientras los flashes de miles de cámaras y teléfonos celulares estallaban en las sombras.
Solo quedó el viejo Theo Jansen asediado por los periodistas y el silencio de la playa.
Jansen murió en un barrio, en las afueras de La Haya unos años después; siempre se negó a revelar más detalles que los observados esa tarde en la playa. Murió como una leyenda: el mayor estafador del mundo, que convenció a todos los ingenuos y crédulos del mundo; y el artista que descubrió un secreto demasiado hermoso y terrible como para compartirlo. Pero nadie ha vuelto a ver a la criatura.