martes, 30 de octubre de 2018

Le llamaban Hueso..

   Le llamaban Hueso, y era el bufón personal de la infanta María Cristina de la Gloria Juana Joaquina Habsburgo-Lorena e Bragança cuando el reino era grande y el siglo todavía era uno solo.
   De suerte que vino a caer entre los brazos de la noble señora apenas niño corriendo atropellado y de pleno cuando Su Alteza bajaba del carruaje que la había traido hasta la puerta del Paseo del Comercio, allí donde el vulgo llamaba, y todavía lo hace en ocasiones, el "territorio del Paco". Doña María Cristina se detuvo azorada de semejante imprudencia al paso y levantó una mano fina cuyo abanico admonitorio se quedó en nada. 
   Tenía el niño los ojos pequeños y despejados, oscurecidamente azules como su infancia, y la piel pálida de una noble cuna. El mentón era pequeño y cálido, y la naricita redonda de la niñez todavía revelaba el cachorro tierno; Pero por debajo de su cuello agitado la pobre camisa de genero basto no podía ni intentaba ocultar la marca que lo consagraba en la tierra para la burla y la vergüenza. Era el enano.

   Esa noche la tierra crujió hasta parecer un animal viviente que se encrespaba enfurecido, y del fondo del mar vinieron unos lamentos desordenados y estruendosos que solo las alimañas parecieron avistar como presagios funestos. Algunas pocas crónicas relatan como la ciudad quedó desprovista de gorriones antes de que el sol se hubiese despertado por completo, y del campanario de la Misericordia los cuervos huyeron en una sólida bandada mustia que presurosamente despejó camino hacia el horizonte. 
   Primero se abrió un grito en la masa del mundo que recorrió los caminos olvidados avisando el peligro y la derrota sin más contemplación que un filo o una peste escondida. Tocó costa y ni siquiera los barcos adormecidos en el puerto lo escucharon hasta que fue muy tarde para hacer ya nada. Los cimientos pobres de las cabañas se resquebrajaron y colapsaron, los cangrejos se apretaron las pinzas contra el vientre en la profundidad de sus madrigueras desesperadas, el sol se irguió sobre sus estribos llameantes, y la ciudad se hundió sin tiempo a nada. 
   Lisboa, desafiante al mar, al sol, a la tierra hecha una capital de los caminos del hombre, fue más derrotada en aquellos cinco minutos que en todos sus siglos de fierezas. Se abrieron grietas en sus corazones, mientras las llamas de Todos los Santos se hartaban de devorar animas yertas entre los edificios sepultados. 
   Y de los pobres desgraciados que salieron a las costas para desesperarse sin perder la vida se cuenta que vieron como el mismo mar parecía huir de ellos, como mensajeros doloridos que eran. El mismo Atlántico intentaba olvidarlos y esconderse en sus profundidades insondeadas para no ver ni oír sus muertes. Mejor hubiese podido hacerlo, sin más dolores. Mejor se hubiese replegado de las costas sin retorno. 
   Antes mismo que el sol alcanzara su cenit el mar volvió sobre sus pasos enloquecidamente bajo el viento; y era como un muro gris extendido que avanzaba doloroso. Pasó bajo las arcadas de la ciudad desnudo y furibundo asesinando diestramente a cada fuente y río, a cada ave y niño que tocase. De la hondonada abisal surgieron unos dedos de espuma que llevaban en la palma conchas partidas y en los nudillos un vendaval. Mejor no hubiese retornado nunca.
   Los restos de la ciudad ardieron por cinco días y el humo ascendió muy alto mientras las mujeres y los hombres se afanaban entre las ruinas como hormigas cuyo sueño ha sido torturado.

   Doña María Cristina amaneció devuelta al mundo. Con la mañana tuvo los brazos descubiertos, las faldas empolvadas de callejuelas e incendios:;como si toda la desgracia hubiese sido solo para igualar la majestad del cielo en la chatura humilde con este sacudón colérico del suelo. Y él no estaba. No lo hallaron nunca, entre los cadáveres innumerables que surgían de entre las piedras ennegrecidas no estaba su estatura quebrada. No vino de entre los rostros temerosos ni desde el ceniciento anochecer que acompañó aquellas horas enfermas.
   Doña María Cristina lo esperó sentada, bajo la tienda improvisada sobre el flanco derruido del Convento de los Mercedarios. Lo esperó con el día atenazado a los tobillos temblorosos, y cuando entró la noche lo esperó todavía murmurando oraciones de un latín deslucido.

   Demostró en seguida una prestanza apenas truncada por el andar impreciso de las piernas deformes, y una inteligencia luminosa y alegre que podía desafiar burlas y caireles de conmiseración exagerada. No lloraba por sí mismo, no lamentaba el destino decadente que le apretaba los codos y rodillas. En horas de mucha tristeza y de dolores de alma supo murmurar palabras inesperadas.
   Solía encantarla describiendo rincones inesperados de las costumbres ajenas, elegante y mordaz como una avispa. O prenderse de sus arrebatos de niña consentida para exhibir una agudeza lúcida de recuerdos propios y quebrantos ajenos.
   Allí donde las doncellas caminaban felices y vacías como copas de cristal, ella se acostumbró a seguirlo en su andar esquivo, con su sombra menuda. Y hubo un tiempo nuevo que sorprendió a muchos, cuando la encontraban pensativa y lejana en los balcones.
   Aquello no fue amor, pero hubo un tiempo en el cual ella halló una voz nueva. Se asomó a los pasillos y los encontró inesperados. De esa criatura contrahecha vino un espacio mudo que gritaba,