Carta a mí mismo, quizá con 45 años.
Hoy es un día cualquiera, que probablemente ya apenas recuerdes. Es de madrugada en Resistencia, en noviembre de 2017. En estos días te cuesta mucho vivir de día y dormir de noche, pero siempre estás prometiéndote que la semana que viene vas a arreglar estos horarios y conseguir despertarte a las 8 de la mañana para "aprovechar la mañana", aunque eso no te signifique mucho. Estas muy acostumbrado al silencio dormido de tus vecinos, a la frescura, y al gallo que canta siempre dos horas antes de que salga el sol. Sí, hay una casa en alguna calle cercana que tiene un gallo, y siempre canta a esta hora. Espero que puedas recordarlo, porque es el sonido que te gustaba tanto. Quizá todavía te guste. (Esta carta va a tener muchos quizá incluidos.)
Decidiste escribirte esto como un experimento, como un escrito de entre todos los que hiciste, como una forma de advertencia, como un recordatorio, como una melancolía cursi, y como una carta de lo que fuiste y ya no podes recuperar más que en trocitos de memoria. Pero esto eras, a veces buenamente, y otras no tanto. Cuando escribiste esto tenías ya las primeras canas, y estabas intentando terminar un profesorado y una licenciatura en Historia. Vivías solo en Resistencia, apenas visitabas a tu madre, todavía no tenías un gato, y siempre estabas buscando una manera de que el aburrimiento sirviese para algo. Y creías que tenías la posibilidad de ser así gran parte de tu vida futura. Vos sabrás cuanto de eso se cumplió. (Siempre quisiste adoptar un gato negro, peludo y gordo para bautizarlo Gaspar, como el Conde-Duque. Buena suerte con eso.)
Detrás de mí el ventilador blanco que compró Mamá hace años hace un ruido ensordecedor; no creo que él llegue hasta tus días. Pero espero que esta carta sí. Voy a tratar de conservarla de varias maneras, y de hacer copias. Me imagino enterrándola en un cofre sellado y escondido, como Claudio decía que haría con sus memorias después de contar todo. Se me ocurrieron varias maneras: Guardarla en una botella vacía, pero como no tomo más que soda, agua y Terma, (Serrano de ser posible), es difícil. (Y una botella de plástico pierde el tradicional encanto.) También podría publicarla en un blog; y después me olvidaría la dirección, o el blog se cerraría, o alguien comentaría inconsecuencias y ridiculeces. Puedo hacer varias copias y guardarlas entre todos los papeles que ya acumulé para estas fechas. De cualquier forma, espero que una copia te llegue.
No puedo imaginarte mucho. Antes vi fotos de nuestro padre, con el que suelo creer que tenemos algún parecido, y era ya un hombre adulto cuando yo nací. Pero no creo que seas parecido a él a esta edad. Con suerte no habrás crecido más que mi estatura, porque ya te sería un problema; aunque con seguridad estarás un poco más ancho. Habrás cambiado, inevitablemente. El cuerpo me cambió a mí en estos pocos años que dejé la adolescencia, y vos ya sos un hombre adulto. Pero el cuerpo no importa tanto. Y si me importa que no te hayas manchado, borrado, desaparecido. Una vez escribí "sé que hay bondad ahí, donde te escondes." Lo escribí para otra persona, pero te lo digo a vos. Hay cosas que no deberías haber cambiado. ¿Te acordas todavía de porque escribías? Es una de esas cosas.
¿Te enamoraste? Seguramente sí. Eras bastante cursi y romanticón; y me estoy riendo mucho sabiendo eso. ¿Te quedaste con alguien? Quizá no, aunque no estoy seguro. Pero no puedo imaginar con quien te quedarías. Y si te quedaste con alguien decile que yo estoy saludándolo desde el pasado donde me quedé. Y que gracias, por aguantarnos. Debe de ser difícil, a veces. Y si te quedaste solo, bueno... Escribile poesías, que la Soledad también quiere caricias.
Espero que hayas conseguido esa casa, con un enorme patio para plantar fresnos. Acordate como eran los fresnos jóvenes detrás del portón de entrada de la UNNE, que hoy los vi cuando fui al cajero. Fuimos muy felices en la UNNE, por todo aquello. Vos sabrás que fue de todos los que conocí acá. Y si te peleaste con alguno comportate, porque estos fueron años alegres.
Me encantaría que me respondieras, aunque sea totalmente imposible. Pero hay tantas cosas que podría preguntarte. ¿Hice bien? ¿Que hice mal? Y perdoname, pero esto era lo que fuimos. No vale arrepentirse o enojarte.
Te sentiste perdido en ocasiones; es bueno que así haya sido. Que siga siendo así. Una vez Mamá te dijo que a veces es bueno quedarse al borde de la masa, y hasta ahora le creías. Si al final fue para bienes o para males ya es tu problema. Me encantaría ayudarte, pero el tiempo, la distancia, y el futuro no me pertenecen ya. Hacé las cosas lo mejor que puedas; es toda la ayuda que consigo ofrecerte.
Es una lástima que no se me hubiese ocurrido escribirme cartas algunos años antes, en la adolescencia. Recién fue ayer a la noche, antes de dormir que lo pensé vagamente y después lo olvidé. Y hoy de nuevo, pero esta vez me apuré a sacar un cuaderno. Terminé escribiéndola en las notas de Blogger. Quería dejar algo empezado para no olvidarme después, pero me entusiasmé y ya escribí un par de páginas creo, así que cuando me despierte por la tarde voy a agregarle lo que falte o se me ocurra. Es que está amaneciendo y hace dos horas que te escribo. Es jueves 9 de noviembre del 2017 exactamente, y son las 06:05 de la mañana. Mientras escribía me puse tan ansioso por la lentitud con la que van a pasar los años que nos separan que apenas sabía que decirme. Pero en los próximos días voy a revisar una y otra vez este texto; aunque voy a tratar de no hacerle muchos cambios. Y también es que quiero dejar de añadir cosas en poco tiempo, así esta carta que lees le pertenece solo al José de este momento.
Te escribo esta carta con la certeza inicial de que vas a poder leerla, de que vas a estar vivo y medianamente bien. Y con la esperanza de que quizá aún puedas llegar a la vejez. Solías soñar que ibas a vivir 200 años y ser el hombre más viejo de la tierra para así poder ver el futuro después de que todos se hubiesen ido. Seguramente es una fantasía infantil, pero solía entretenerte mucho. Espero que llegues a la vejez, pero eso es un asunto que ya te pertenece por completo a vos. No concibo imaginar a nadie más leyendo esto durante tus años; no entendería un montón de referencias que solo nosotros conocemos.
No espero ni te deseo que hayas sido feliz, plenamente feliz. Pareciera casi una condena que quise imponerte, pero acordate que querías ser alguien, algo, una especie de visitante sorprendido y agradable. Un raro tipo de turista. De chiquito eras insoportablemente curioso y preguntón, y de joven amabas Wikipedia. Había en esa urgencia por preguntar tonterías una fascinación por la existencia cotidiana: ¿lograste convertirla en felicidad? Si todavía no entonces apurate, que nos hacemos viejos.
Volvé a leer todo lo que escribiste. Acordate de revisar los dos primeros cuadernos, esos de la secundaria. Yo me voy a encargar de conservarlos todo lo que pueda. Pero vos volvé a leerlos, y todo lo que escribiste después. Ahí pusiste cosas que las fotos en Facebook y los certificados oficiales no pueden conservar. Eso eras. Y yo lo sé ahora; no te olvides vos para más adelante.
No subestimes esta carta. La escribiste para una casualidad, un accidente. Espero que la hayas encontrado sin saber que era, y te sentaste en el suelo para leerla. No llores por nostalgia, ni por rabia. Yo estaría muy feliz de que la leyeras. Quizá no hayas cumplido todo lo que se me ocurrió o pretendiste, pero fui muy feliz en estos días míos.
Sos ya un hombre adulto, que no conozco y que me recuerda de a ratos y de a trozos. La intriga por saber cómo sos ahora, después de tantos años, me persigue. Dame buenas respuestas al menos. Acordate que llevo veinte años esperando.
Me quiero, te quiero. (Es gracioso decirlo así.)
José
P.D.: No olvides añadir una segunda carta para cuando seas un viejo inclinado, canoso, gruñón, y malhablado; pero infantil y glotón. Sé que vas a serlo. Ambos queremos creer que hay cosas que no se pueden evitar.