miércoles, 24 de mayo de 2017

Vagando entre las cosas de mi madre encontré un viejo planisferio, un mapa mundial abandonado cubierto de tierra y con muchas islas desmigadas por los grillos, las raspaduras y las manchas. Lo doblaron, enrollaron, marcaron, quemaron, quebraron, mojaron. Tiene paralelos hechos de dobleces y meridianos desgastados. 
Me preguntó para que guardaba un mapa tan viejo y tan feo, cuando ella tiene uno nuevecito que en un acto de bondad beata se ofreció a prestarme. Pero le dije que el mapa viejo todavía servía.

La cultura ancestral japonesa llama "Kintsukuroi" a un arte dedicado a reparar objetos viejo y rotos. Las vasijas antiguas que se partieron se reparaban con resinas y polvo de oro, convirtiendo las cicatrices en historia de la pieza valorada. Decían que las vasijas contaban una historia digna de respeto. Que habían sobrevivido.

Este mapa es como un gato viejo que vuelve su nariz hacia el que viene y le muestra cicatrices de otras guerras, raspones de corridas; una belleza antigua que se abre como granada madura. Colón se extiende sobre arrugas que grabaron sus viajes, los volcanes marinos de Oceanía quemaron un extremo. Hasta la larga lucha de Liberen a Irlanda atravesó este papel y se hizo desgarro.
Decía el Romanticismo que las ruinas despiertan el temor y la admiración de estar frente a la acusación de lo que se ha perdido. De las existencias muertas, como huesos de Lucy. Pero el mapa está presente, y aunque el agua se esfuerce él sigue envejeciendo interminablemente. 


No hay comentarios.:

Publicar un comentario