jueves, 13 de abril de 2017

El mejor monarca del siglo

Se llamaba Joshua Edward Norton y había nacido en Londres a finales de la década de 1810; cuando fueron los años en que Europa se subió a los trenes y dejó atrás una estela de progreso que parecía inabarcable y feliz.
En 1820 los recientes padres Joshua sr. y Sarah Norton emigraron a Sudáfrica, donde el hijo creció en los amplios límites del Imperio Británico. En 1848 el padre falleció y al año siguiente Joshua dejó Sudáfrica y desembarcó en América.
Joven, emprendedor y ambicioso llegó a San Francisco, en la costa del Pacífico de Estados Unidos, donde hizo fortuna comprando y vendiendo y especulando con las inmensas cargas que desembarcaban en el puerto. Pero en 1858 se declaró en bancarrota después de haber comprado inmensas cantidades de arroz que no pudo vender y que lo dejaron en la calle. Huyó de la ciudad ese mismo año sin animo para intentar reverdecer su fortuna, después de perder todos los juicios ante la Corte, que por una vez falló en contra del especulador para su bien y el de todos.


Pero volvió. El 17 de septiembre de 1859, por la tarde, se vistió de gala con uniforme de la Armada, se calzó un gran sombrero de castor tocado con pluma de pavo real, y papel en mano mandó que el San Francisco Bulletin imprimiera la mayor declaración política de la historia norteamericana: su autoproclamación como Emperador de los Estados Unidos de América, Norton I. Y la imprimieron, como una broma del día. Una broma que duró veintiún años de glorioso reinado.

Fue el dirigente más longevo de la historia de EEUU, viendo pasar bajo su corona a 5 presidentes mientras duró su reinado. Fue el único estadounidense que logró el siempre acariciado proyecto de gobernar a sus accidentados vecinos del sur, cuando se declaró Protector de México debido a que no podían manejar "sus propios asuntos". Y fue el monarca más unánimemente querido que pueda encontrarse en las crónicas.
Se ponían de pie cuando ingresaba a la opera a su asiento de primera fila, asistía gratis y honrosamente a los mejores restaurant, era aclamado en las calles, y una vez incluso frenó a una enfurecida multitud que trataba de linchar a unos coolies chinos hablando inspirado acerca de las bondades de la hermandad humana.
En 1861 la Guerra de Secesión asoló el país, y Nortón I demandó inútilmente que Abraham Lincoln y Jefferson Davis se presentasen ante él para finalizar con los combates que entonces quebraban a la Unión. Cuando la Guerra terminó su Majestad Imperial era una celebridad nacional: Mark Twain le escribió el epitafio de su fallecido perro Bummer y el censo local de 1870 lo registró como "Emperador", residente en el número 642 de Comercial Street.
Todavía reinó gloriosamente una década más, envejeciendo entre los reconocimientos diarios del pueblo que nunca dejó de tratarlo como lo que era: el Emperador. El único emperador callejero que el mundo haya visto. Y el único monarca del cual se recuerda únicamente su inmenso afán por la paz y la prosperidad de sus súbditos. Otras páginas hablarán de sus decretos visionarios y sus resoluciones minúsculas.


La noche del 8 de enero de 1880 se caía el cielo sobre San Francisco. Y "Sobre el sucio pavimento, en la oscuridad de la noche lluviosa, Norton I, Emperador de los Estados Unidos de América y Protector de México por la Gracia de Dios, encontró ayer la cristiana muerte." (Le Roi Est Mort - San Francisco Chronicle)
El cortejo lo acompaño por cuadras y cuadras, más de diez mil personas. Hasta el eclipse del 11 de enero se aceptó en su memoria. Todavía un siglo después de su muerte, el 8 de enero de 1990, San Francisco le rindió homenaje póstumo al único emperador exitoso de América.
No dejó hijos, palacios, o fortunas secretas. Pasó sobre la tierra como una temporada de locura, al borde de los grandes hombres y mujeres que reinaron en ese tiempo de fiebre. Discreto y magnifico, su Majestad Imperial fue quizá el mejor monarca del siglo, y el más olvidado de todos.


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