Amarillo es el gato que llora en la penumbra,
que quiebra el aire opaco con el gañido ronco
de su voz desgarrada en un llanto feroz.
Todavía debes acordarte cuando cazábamos langostas en el patio, y vos tenías.. ¿Ocho meses? Y yo tenía.. ¿Trece años? Que primavera magnífica fue aquella, que hasta las langostas lo sabían y vinieron de a miles entre el pasto para comer hojas de rosales y caramelos de agua en el rocío.
Después vino el verano, aletargado y triste, adentro de una bolsa plástica que volaba hacia el norte. Una bolsa pequeña verde agua, como esas bolsas de supermercado cotidianas que vamos y traemos todavía.
Hemos crecido mucho, casi como los árboles. Pero no habías dejado de mirar entre sueños.
Ayer murió Amarillo. Alguna vez pensé que estaba triste, por un secreto oculto. Porque tenía los ojos entrecerrados y perezosos, como quien siempre duerme o se ha cansado de estar despierto. Y también porque podía llorar desconsoladamente, entrecortado de suspiros apagados bajo el labio y una infinita expresión de tristeza amarilla de luz reconcentrada. Dentro de él había luz aprisionada y triste que lloraba buscando los consuelos del mundo.
Algunos gatos no envejecen nunca, como le sucediera. Pasan de la niñez cachorra con el espíritu intacto y se alargan y crecen hasta la madurez. Acaso fue lo que le sucediera, mientras mirábamos hacia otra parte.
Ayer murió Amarillo, en un pueblo del Chaco adentro de la tierra. Hay una casa vieja, un patio inmenso y sucio y al fondo un reducto callado, de estanterías y costumbres. Se ha muerto sin decirnos por qué estaba tan triste y que había buscado incesante desde los primeros pasos. Se ha muerto y la lluvia no se atrevió a llovernos.
Vamos muriéndonos, es evidente. De alguna rara forma la tierra recupera las cosas que dejó andar impunemente.
Amarillo en la arena, cavando diminutos pocitos de vergüenza. Amarillo volviendo con la Luna del viento y de la correría. Amarillo durmiendo como un ovillo tosco de largas patas flacas y colmillos oscuros. Hay un Amarillo sobre el árbol buscando grillos, y uno bajo el rosal resplandecido de sol en otoño. En cualquier sitio hay un Amarillo con los ojos cerrados riéndose del aire en los bigotes, de la tierra en las uñas, de la sangre en la herida. Discreto y cotidiano se había vuelto extenso, como un recuerdo diluido en agua. Amarillo.. El Amarillo.. ¿Cómo fue que no estabas?
Habrá buscado langostas, para consuelo magro. Habrá ido a la noche mirando los rincones donde se esconde el viento y agitando su sombra detrás del sexo áspero que siempre lo devolvía arañado e insomne. Ayer se ha muerto solo, como el sol en verano.
Y no dije nada cuando supe que estaba más allá de la tierra. Ayer murió Amarillo, con la sangre infectada y la oreja perdida, después que tanto estuvo asombrando los días; una miseria arrastra sus dedos sobre el mundo tomando aquellos que entre nosotros eran una maravilla.
Pero lo más salvaje sigue siendo que ha muerto sin decirnos lo que había soñado. Las cosas que había visto. La razón de su llanto. Las cosas que podrías habernos dicho y nos asombrarías. O verte en la vejez, hecho recuerdo silencioso. Augusto en cicatrices y ausente y cotidiano.
Después de tanto tiempo se ha muerto en silencio, buscando solitario el consuelo al dolor, y no hemos conseguido aliviarle la oreja. Su pobre oreja terca. ¿De qué nos sirve el mundo si perdimos su luz?
Tus largas huellas no estarán en la lluvia. Tu inmensa sombra brilla rota en miles de luces sobre el anochecido rostro de la ciudad.
Caminando dormido, lleva el sol dentro suyo
prometiendo que un día brillará repentino
hasta dejarnos ciegos de dolor compartido.
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