Había buscado el gato hasta cansarse y la desesperanza le anocheció en el aire y la mirada.
Entonces, más enojado que cualquier infierno, levantó las piñas esparcidas por todo el espacio de los árboles y las tiró en mitad de la calle, para que se supiera que el dolor le había borrado la cordura.
Pero el gato volvió, no después al día siguiente, ni al otro día, ni que hubiese pasado una semana. Volvió el animalejo desgreñado cuando había pasado el tiempo acostumbrado de la impaciencia, la desazón, el abandono, y una lejanía postrera. (Es decir que volvió cuando ya lo habían muerto en el recuerdo.)
Tomó al gato de la miseria que había traído prendida en el pelaje y le desprendió de cada anca la bandolera de abrojos y chicles descoloridos hasta que pareció que solo quedaba piel macilenta y unas hebras de vello reseco que a la luz de la ventana le parecieron más polvo que otra cosa. Y lloraba mientras lo hacía, pero no lo sabía y se lo habría negado a cualquiera. Le parecía entonces estar tan enojado contra el mundo que llorar habría sido una impertinencia deleznable.
El gato estaba tan apático y famélico como cualquier huido de la guerra, que se durmió mecido entre el agua tibia y apenas despertó para hundir la briznas de un bigote otrora digno entre el hedor a grasa de una ración. Y después volvió a dormirse en un sueño agitado, de esos que cualquier moribundo exhibe. Por que murió en mitad de la noche, dormido y enrollado en sí mismo, el hocico perdido entre sus flancos ahora fríos. Una nube de moscas esmeralda vino a zumbar sobre sus orejas rotas y se frotaban entre ellas mas ansiosas que una vida hambrienta.
Ese fue el último día en el que tuvo un gato, para el resto de su vida.
Religiosamente enrolló la sabana sudario de ocasión sobre el resto magro de la mascota, y puso el paquetito (asombrosamente enorme entre las manos pero en la tumba se revelaba nimio) dentro de la tierra. El sol estaba puro y distraído, mas allá de la tarde. La tumba era un pozo inconexo sobre la tierra que desconcertaba a las presencias. Como un hormiguero bombardeado donde hierven las furias.
Y cuando el gato estuvo totalmente ido la casa estaba erguida, con las ventanas como orejas y los pies firmes de insistencia. En la noche se oscurecía dormida sin sueños, por que casi parecía esperar el regreso de los que no volverán nunca por que están muertos.
Ese fue el último día en el que tuvo un gato, para el resto de su vida.
Religiosamente enrolló la sabana sudario de ocasión sobre el resto magro de la mascota, y puso el paquetito (asombrosamente enorme entre las manos pero en la tumba se revelaba nimio) dentro de la tierra. El sol estaba puro y distraído, mas allá de la tarde. La tumba era un pozo inconexo sobre la tierra que desconcertaba a las presencias. Como un hormiguero bombardeado donde hierven las furias.
Y cuando el gato estuvo totalmente ido la casa estaba erguida, con las ventanas como orejas y los pies firmes de insistencia. En la noche se oscurecía dormida sin sueños, por que casi parecía esperar el regreso de los que no volverán nunca por que están muertos.
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